La Tia Fingida (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.19
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-Y tomando de la mano a la niña, se la acomodaba al don Félix; de lo cual se encolerizó tanto la vieja, que, quitándose el un chapín, comenzó a dar a la Grij alba como en real de enemigo, la cual, viéndose maltratar, echó mano de las tocas de Claudia y no le dejó pedazo en la cabeza, descubriendo la buena señora una calba más lucía que la de un fraíle, y un pedazo de cabellera postiza que le colgaba por un lado, con que quedó con la más fea y abominable catadura del mundo. Y viéndose tratar así de su criada, comenzó a dar grandes alaridos y voces, apellidando a la justicia; y al primer grito, como si fuera cosa de encantamento, entró por la sala el corregidor de la ciudad con más de veinte personas entre acompañados y corchetes, el cual, habiendo tenido soplo de las personas que en aquella casa vivían, determinó visitallas aquella noche, y, habiendo llamado a la puerta, no le oyeron como estaban embebecidos en su plática, y los corchetes, con dos palancas, de que de noche andan cargados para semejantes efectos, desquiciaron la puerta, y subieron al corredor tan queditos y quietos, que no fueron sentidos, y desde el principio de los documentos de la tía, hasta la pendencia de la Grij alba, estubo oyendo el corregidor sin perder un punto, y así, cuando entró, dijo:
-Descomedida andais, para ser ama, con vuestra señora, señora criada.
-¡Y cómo si anda descomedida esta bellaca, señor corredor, -dijo Claudia,- pues se ha atrevido a poner las manos do jamás han llegado otras algunas desde que Dios me arrojó en este mundo!
-Bien decís que os arrojó, -dijo el corregidor,- porque vos no sois buena sino para arrojada.
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