La Tia Fingida (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.15
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Vívame mi dedal y ahuja, y vívame juntamente tu paciencia y buen sufrimiento, y venga a embestirte todo el género humano; que ellos quedarán engañados, y tú con honra, y yo con hacienda y más ganancia que la ordinaria. Yo confieso ser así, señora, lo que dices, replicó Esperanza; pero con todo eso estoy resuelta en mi determinación, aunque se menoscabe mi provecho; cuando y más que en la tardanza de la venta está el perder la ganancia que se puede adquirir abriendo tienda desde luego, y más que no hemos de hacer aquí nuestro asiento y morada; que si, como dice, hemos de ir a Sevilla para la venida de la flota, no será razón que se nos pase el tiempo en flores, aguardando a vender la mía cuarta vez, que ya está negra de marchita. Váyase a dormir, señora, por su vida, y piense en esto, y mañana habrá de tomar la resolución que mejor le pareciere; pues al cabo, al cabo, habré de seguir sus consejos, pues la tengo por madre y más que madre. Aquí llegaban en su plática la tía y sobrina, la cual toda había oído don Félix, no poco admirado de semejantes embustes como encerraban en sí aquellas dos mugeres, al parecer tan honestas y poco sospechosas de maldad, cuando, sin ser poderoso para escusarlo, comenzó a estornudar con tanta fuerza y mido, que se pudiera oír en la calle.
Al cual se lebantó doña Claudia, toda alborotada y confusa, y tomó la vela y entró furiosa en el aposento donde estaba la cama de Esperanza; y si como se lo hubieran dicho y ella lo supiera, se fué derecha a la dicha cama, y, alzando las cortinas, halló al señor caballero, empuñada su espada, calado el sombrero, y mui aferruzado el semblante, y puesto a punto de guerra.
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