La Tia Fingida (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.6
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Salid Esperanza mía,
A faborecer el alma,
que sin vos agonizando,
casi el cuerpo desampara.
Las nubes del temor frío
no cubran vuestra luz clara;
que es mengua de vuestros soles
no rendir quien los contrasta.
En el mar de mis enojos
tened tranquilas las aguas,
si no quereis que el deseo
dé al través con la Esperanza.
Por vos espero la vida,
quando la muerte me mata,
y la gloria en el infierno,
y en el desamor la gracia.
A este punto llegaban los músicos con el romance, cuando sintieron abrir la ventana, y ponerse a ella una de las dueñas, que aquel día habían visto, la cual les dijo, con una voz afilada y pulida:
-Señores, mi Señora Doña Claudia de Astudillo y Quiñones, suplica a vuesas mercedes la reciba su merced tan señalada, que se vayan a otra parte a dar esa música, por escusar el escándalo y mal ejemplo que se da a la vecindad, respecto de tener en su casa una sobrina doncella, que es mi Señora Doña Esperanza de Torralba, Meneses y Pacheco, y no le está bien a su profesión y estado que semejantes cosas se hagan a su puerta; que de otra suerte, y por otro estilo, y con menos escándalo, la podrá recibir de vuesas mercedes.-
A lo cual respondió uno de los pretendientes:
-Hacedme regalo y merced, señora dueña, de decir a mi Señora Doña Esperanza de Torralba, Meneses y Pacheco, que se ponga a esa ventana, que la quiero decir solas dos palabras, que son de su manifiesta utilidad y servicio.
-Huy, huy-, dijo la dueña, -en eso por cierto está mi Señora Doña Esperanza de Torralba, Meneses y Pacheco.
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