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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.473

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Que nos arrodillamos uno al lado del otro; que Dora tiembla un poco menos, pero que no suelta la mano de Agnes; que el oficio continúa severo y tranquilo; que cuando ha terminado nos miramos a través de nuestras lágrimas y sonrisas; que en la sacristía mi querida mujercita solloza, llamando a su querido papá, a su pobre papá.
Que pronto se repone y firmamos en el gran libro uno después de otro; que voy a buscar a Peggotty a las tribunas para que venga también a firmar, y que me abraza en un rincón, diciéndome que también vio casarse a mi pobre madre; que todo ha terminado, y que nos marchamos.
Que salgo de la iglesia radiante de alegría, dando el brazo a mi encantadora esposa; que veo a través de una nube los rostros amigos, el coro, las tumbas y los bancos, el órgano y las vidrieras de la iglesia, y que a todo esto viene a mezclarse el recuerdo de la iglesia donde iba con mi madre cuando era niño, ¡ay!, hace ya tanto tiempo.
Que oigo decir bajito a los curiosos, al vernos pasar: «¡Vaya una parejita joven!». «¡Qué casadita tan linda!» Que todos estamos contentos y eufóricos mientras volvemos a Putney; que Sofía nos cuenta cómo ha estado a punto de ponerse mala cuando han pedido a Traddles la licencia que yo le había confiado, pues estaba convencida de que la habría perdido o se la habrían robado del bolsillo; que Agnes reía con todo su corazón, y que Dora la quiere tanto, que no puede separarse de ella y la tiene cogida de la mano.
Que hay preparado un almuerzo apetitoso con una multitud de cosas bonitas y buenas, que como sin darme cuenta de a qué saben (es natural cuando se sueña); que sólo como y bebo matrimonio, pues no creo en la realidad de los comestibles más que en la de lo demás.
Que suelto un discurso en el género de los sueños, sin tener la menor idea de lo que quiero decir, y hasta estoy convencido de que no he dicho nada; que somos sencilla y naturalmente todo lo dichosos que se puede ser, en sueños, claro está; que Jip come del pastel de bodas, lo que al cabo de un rato no le sienta muy bien.
Que la silla de postas nos espera; que Dora va a cambiar de traje; que mi tía y miss Clarissa se quedan con nosotros; que nos paseamos por el jardín; que mi tía, en el almuerzo, ha hecho un verdadero discurso sobre las tías de Dora, y que está encantada y hasta un poco orgullosa de su hazaña.
Que Dora está dispuesta; que miss Lavinia revolotea a su alrededor con sentimiento de perder el encantador juguete que le ha proporcionado durante algún tiempo una ocupación tan agradable; que, con gran sorpresa, Dora descubre a cada momento que se le olvidan una cantidad de pequeñas cosas, y que todo el mundo corre de un lado a otro para buscárselas.


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