David Copperfield (Charles Dickens) - pág.464
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Pero creo que no hubiera llegado a hablarle así ni a castigarle con mi propia mano si no hubiera recibido aquella misma noche la seguridad de Agnes de que nunca sería suya.
Hubo de nuevo un largo silencio. Mientras me miraba, sus ojos parecían tomar los matices más repugnantes.
-Copperfield -me dijo separando la mano de su mejilla-,siempre me ha hecho usted la contra. Sé que en casa de míster Wickfield siempre estaba usted en contra mía.,
-Puede usted creer lo que le parezca -le dije con cólera-. Si no es verdad, peor para usted.
-Y, sin embargo, yo siempre le he querido, Copperfield -añadió.
No me digné a responderle y cogí mi sombrero para salir de la habitación; pero él vino a interponerse ante la puerta.
-Copperfield -me dijo-, para querellarse hay que ser dos, y yo no quiero ser uno de -ellos.
-¡Váyase al diablo!
-¡No diga eso! -contestó-. ¡Después lo sentirá! ¿Cómo puede ponerse tan por debajo de mí demostrándome un carácter tan malo? Pero le perdono.
-¡Me perdona! -repetí con desdén.
-Sí, y no puede usted impedírmelo -respondió Uriah-. ¡Cuando pienso que me ha atacado usted a mí, que siempre he sido para usted un amigo verdadero! Pero cuando uno no quiere dos no regañan, y yo no quiero. Quiero ser su amigo a pesar suyo. Ahora ya sabe usted mis sentimientos y lo que debe esperar de ellos.
Estábamos obligados a bajar la voz para no turbar el silencio de la casa a aquella hora avanzada, y su voz era humilde; pero la mía no, y la necesidad de contenerme no me ayuda nada a mejorar de humor; sin embargo, mi cólera empezaba a calmarse. Le dije sencillamente que esperaba de él lo que había esperado siempre y que nunca me había engañado. Después abrí la puerta por encima de su hombro, como si hubiera querido aplastarlo contra la pared, y salí de la casa. Pero él también dormía fuera, en las habitaciones de su madre, y no había dado cien pasos cuando le oí andar detrás de mí.
-Sabe usted muy bien, Copperfield -me dijo inclinándose hacia mí, pues yo ni siquiera volví la cabeza-, sabe usted muy bien que se ha puesto en mala situación.
Era verdad, y eso me irritaba todavía más.
-Por mucho que haga, nunca será una acción honrosa, y usted no me puede impedir que le perdone. No pienso hablar de ello a mi madre ni a nadie en el mundo. Estoy decidido a perdonarle; pero me sorprende que haya podido levantar usted la mano contra una persona a quien sabe tan humilde.
Me parecía que yo era casi tan despreciable como él. Me conocía mejor que yo mismo. Si se hubiera quejado amargamente o si hubiera tratado de exasperarme, me hubiera tranquilizado y justificado a mis propios ojos; pero me quemaba a fuego lento, y estuve así en el asador más de la mitad de la noche.
Al día siguiente, cuando salí, la campana llamaba a la iglesia; Uriah se paseaba de arriba abajo con su madre.
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