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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.458

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Página 458 de 653


Yo esperaba con impaciencia el momento de estar solo con Agnes para saber lo que le había parecido Dora. ¡Oh, qué de elogios me hizo! ¡Con qué ternura y bondad me felicitó por haber conquistado el corazón dé aquella encantadora criatura, que había desplegado ante ella toda su gracia inocente! ¡Con qué seriedad me recordó, sin darle importancia, la responsabilidad que pesaba sobre mí!
Nunca, nunca había querido a Dora tan profunda ni tan sinceramente como aquel día. Cuando nos bajamos del coche y entramos en el tranquilo sendero que conducía a casa del doctor le dije a Agnes que a ella le debía mi felicidad.
-Cuando estabas sentada a su lado -le dije- me parecías también su ángel guardián, igual que el mío, Agnes.
-Un pobre ángel -repuso ella-, pero fiel.
La dulzura de su voz me llegó al corazón y le contesté con naturalidad:
-Me parece que has recobrado toda esa serenidad que sólo es tuya, Agnes, y eso me hace esperar que seáis más dichosos en tu casa.
-Soy muy dichosa en mi interior, pues tengo el corazón tranquilo y alegre.
Yo miraba su dulce rostro a la luz de las estrellas, ¡y me parecía tan noble!
-En casa todo sigue igual -continuó Agnes después de un momento de silencio.
-Yo no querría aludir de nuevo .... no querría atormentarte, Agnes; pero no puedo por menos de preguntarte..., ya sabes de lo que hablamos la última vez que nos vimos.
-No, no hay nada nuevo -me contestó.
-¡He pensado tanto en ello!
-Piensa menos. Recuerda que yo tengo plena confianza en el afecto sencillo y fiel; no temas nada por mí, Trotwood -añadió al cabo de un momento-; no haré nunca lo que temes que haga.
En los momentos de tranquila reflexión nunca lo había temido, y, sin embargo, fue para mí un descanso inexplicable recibir la seguridad de aquella boca cándida y sincera. Se lo dije vivamente.
-Ahora ya -le dije- no podemos estar seguros de poder hablar a solas otra vez. ¿Tardarás mucho en volver a Londres cuando te marches, mi querida Agnes?
-Probablemente sí -respondió-. Creo que para mi padre vale más que permanezcamos en nuestra casa. Así es que no nos veremos a menudo durante mucho tiempo; pero escribiré a Dora, y por ella sabré noticias tuyas.
Llegamos al patio de la casa del doctor. Empezaba a ser tarde. En la habitación de mistress Strong brillaba una luz. Agnes me la señaló y me deseó las buenas noches.
-No te preocupes -me dijo al estrecharme la manopensando en nuestras inquietudes. Nada me hace tan dichosa como tu felicidad. Si alguna vez puedes ayudarme, ten la seguridad de que te lo pediré. ¡Que Dios siga bendiciéndote!
Su sonrisa era tan tierna y su voz tan alegre, que todavía me parecía ver y oír a su lado a mi pequeña Dora. Permanecí un momento en la puerta con los ojos fijos en las estrellas y el corazón lleno de amor y agradecimiento; después eché a andar lentamente.


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