David Copperfield (Charles Dickens) - pág.456
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Tenía fiebre.
De todos modos tenía la seguridad de que estaría muy bonita; pero sucedió que nunca me había parecido tan encantadora. No estaba en el salón cuando presenté a Agnes a sus dos tías; había huido por timidez. Pero ahora ya sabía dónde había que it a buscarla, y la encontré tapándose los oídos con las manos y la cabeza apoyada contra la misma pared del primer día.
En el primer momento me dijo que no quería ir; después me pidió que le concediera cinco minutos de mi reloj y, por fin, se agarró de mi brazo; su lindo rostro estaba cubierto de un modesto rubor: nunca había estado tan bonita; pero cuando entramos en el salón se puso completamente pálida, lo que la ponía cien veces más bonita todavía.
Dora temía mucho a Agnes, pues decía que era «tan inteligente». Pero cuando la vio mirándola con sus ojos a la vez serios y alegres, tan pensativos y tan buenos, lanzó un ligero grito de sorpresa, se lanzó en los brazos de Agnes y apoyó dulcemente su mejilla inocente contra la de aquella.
Nunca había sido tan feliz; nunca había estado tan contento como cuando las vi sentarse una al lado de otra. ¡Qué bueno ver a mi querida Dora mirando con afecto los ojos cariñosos de Agnes! ¡Qué alegría ver la ternura incomparable con que Agnes la miraba!
Miss Lavinia y miss Clarissa participaban de mi alegría a su manera. Nunca había visto un té tan alegre. Miss Clarissa lo presidía; yo cortaba y hacía circular el pudding, helado, con pasas de Corinto. A las dos hermanas les gustaba, como a los pájaros, picotear los granos y el azúcar. Miss Lavinia nos miraba con benévola protección, como si nuestro amor y nuestra felicidad fueran obra suya, y todos estábamos contentos unos de otros.
La dulce serenidad de Agnes había conquistado a todos. Parecía haber venido a completar nuestro feliz círculo. ¡Con qué tranquilo interés se ocupaba de todo lo que interesaba a Dora! ¡Cómo había sabido hacerse enseguida amiga de.lip! ¡Con qué amable alegría bromeaba con Dora, que no se atrevía a venir a sentarse a mi lado! ¡Con qué gracia modesta y sencilla arrancaba a Dora, encantada, una multitud de pequeñas confidencias que la hacían enrojecer hasta el blanco de los ojos!
-¡Estoy tan contenta de que me quieras! -dijo Dora cuando terminamos de tomar el té-. No estaba muy segura, y ahora que Julia Mills se ha marchado, todavía necesito más que me quieran.
Recuerdo que había olvidado mencionar el hecho importante de que miss Mills se había embarcado para la India y que Dora y yo habíamos ido a visitarla a bordo del barco en el puerto de Gravesend. Nos habían dado para merendar jengibre, guayaba y otras golosinas del mismo género, y habíamos dejado a miss Mills deshecha en lágrimas, sentada a bordo con un grueso cuaderno debajo del brazo, donde se proponía escribir todos los días, y guardar cuidadosamente bajo llave, las reflexiones que le inspirase el espectáculo del océano.
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