David Copperfield (Charles Dickens) - pág.455
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Yo era dulce y humilde como lo soy siempre. Pero eso no impide que en aquel tiempo no me gustara aquello, como tampoco me gusta ahora.
Cesó de rascarse la barbilla y se puso a chuparse las mejillas de tal modo, que debían tocarse en el interior, mientras continuaba mirándome con la misma mirada oblicua y falsa.
-Es lo que se llama una mujer bonita -continuó cuando su rostro recobró la forma natural-, y comprendo que no mire con buenos ojos a un hombre como yo. Por eso estoy seguro de que enseguida hubiera dado a mi Agnes el deseo de aspirar a más; pero si no soy del gusto de las señoras, mister Copperfield, eso no impide que tenga ojos y que vea. En general, nosotros, con nuestra humildad, tenemos ojos y sabemos servirnos de ellos.
Traté de goner una expresión despreocupada; pero adivinaba en su rostro que no le engañaba.
-No quiero dejarme pegar, Copperfield -continuó, frunciendo con expresión diabólica el sitio en que deberían encontrarse sus cejas rojas si las hubiera tenido-, y haré lo posible para poner término a esta amistad. No la apruebo, y no temo confesarle que mi naturaleza no es la de un marido cómodo, y quiero alejar a los intrusos. No tengo ganas de exponerme a que conspiren contra mí.
-Como usted está siempre conspirando, se figura que todo el mundo hace lo mismo -le dije.
-Es posible, míster Copperfield -respondió-; pero yo tengo un objetivo, como solía decir mi asociado, y haré todo lo posible por conseguirlo. Por mucha que sea mi humildad, no me dejo pisar. No quiero que nadie se interponga en mi camino. Y realmente les haré volver la espalda, míster Copperfield.
-No le comprendo -dije.
-¿De verdad? -respondió con uno de sus estremecimientos habituales-. Me sorprende mucho, míster Copperfield. ¿Usted, de tan rápida comprensión? Otra vez trataré de ser más explícito. Pero ¿no es precisamente míster Maldon el que llega por allí a caballo? Me parece que llama en la verja.
-Sí; parece que es él -respondí con toda la indiferencia que pude.
Uriah se detuvo bruscamente, metió las manos entre sus rodillas y se dobló en dos a fuerza de reír. Era una risa silenciosa; no se le oía. Yo estaba tan indignado por su conducta odiosa, y sobre todo por sus últimas palabras, que le volví la espalda sin más ceremonia, dejándole que riera a su gusto en el jardín, donde parecía un espantapájaros para los gorriones.
No fue aquella tarde, sino dos días después, un sábado, lo recuerdo muy bien, cuando llevé a Agnes a que viese a Dora. Había arreglado de antemano la visita con miss Lavima y habían invitado a Agnes a que tomara el té.
Estaba al mismo tiempo orgulloso a inquieto; orgulloso de mi querida y pequeña Dora; inquieto por ver si le gustaría a Agnes. Durante todo el camino de Putney (Agnes iba en el ómnibus y yo en la imperial) traté de imaginarme a Dora bajo uno de sus aspectos encantadores que yo conocía tan bien, y tan pronto pensaba que me gustaría encontrarla exactamente como en tal momento, como pensaba que quizá sería mejor como en tal otro.
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