David Copperfield (Charles Dickens) - pág.454
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Míster Wickfield era un antiguo amigo de aquel hombre excelente, que deseaba verle para tratar de hacerle algún bien. Agnes le había hablado de su padre en su última visita a Londres, y aquel viaje era el resultado de su conversación. Agnes acompañaba a míster Wickfield. No me sorprendió saber que había prometido a mistress Heep encontrarle alojamiento en las cercanías, pues su reúma exigía, según ella, un cambio de aire, y estaría encantada de encontrarse en tan buena compañía. Tampoco me sorprendió ver al día siguiente a Uriah, que llegaba, como un buen hijo, para instalar a su respetable madre.
-¿Ve usted, míster Copperfield? -dijo, imponiéndome su compañía, mientras me paseaba por el jardín del doctor-. Cuando se ama se está siempre un poco celoso, o por lo menos se desea poder vigilar al objeto amado.
-¿Y de quién está usted celoso ahora? -le dije.
-Gracias a usted, míster Copperfield -repuso-, de nadie en particular, por lo menos, de ningún hombre.
-¿Entonces será por casualidad de una mujer?
Me lanzó una mirada de soslayo con sus siniestros ojos encarnados y se echó a reír.
-Verdaderamente, señorito Copperfield -dijo-, usted... (debía decir míster Copperfield; pero me perdonará esta costumbre inveterada), es usted tan hábil, que me saca todo lo que quiere. Pues bien, no titubeo en decírselo (y puso sobre mí su mano pegajosa): nunca he sido el niño mimado de las mujeres y nunca he gustado a mistress Strong.
Sus ojos se ponían verdes mientras me miraba con su infernal astucia.
-¿Qué quiere usted decir? -le pregunté.
-Aunque soy procurador, míster Copperfield -repuso con una risita seca-, por el momento quiero decir exactamente lo que digo.
-¿Y qué quiere decir su mirada? -continué con calma.
-Mi mirada; pero, querido Copperfield, ¡qué exigencias! ¿Mi mirada?
-Sí, sí, su mirada.
Pareció encantado, y reía con todas las ganas que podia. Después de rascarse la barbilla repuso lentamente, con los ojos bajos:
-Cuando yo no era más que un empleadillo me despreciaba. Siempre quería que Agnes fuera a su casa, y también le quería a usted, míster Copperfield. Pero yo estaba muy por debajo de ella para que se fijara en mí.
-Y bien -dije-, aunque así fuera.
-Y por debajo de él también -prosiguió Uriah muy claramente y en tono reflexivo, mientras continuaba rascándose la barbilla.
-Debía conocer usted lo bastante al doctor para saber que, con su espíritu distraído, no pensaba en usted más que cuando le tenía delante de los ojos.
Me miró de nuevo de soslayo, alargando su delgado rostro para rascarse con más comodidad, y me respondió:
-¡Oh, querido, no me refiero al doctor; pobre hombre! Hablo de mister Maldon.
Se me apretó el corazón. Todas mis dudas, todas mis aprensiones sobre aquel asunto, toda la paz y la felicidad de la vida del doctor, aquella mezcla de inocencia y de compromiso que no había podido desvelar; vi en un momento que estaba a merced de aquel miserable.
-Nunca entraba en el despacho sin mandarme salir y empujarme fuera -continuó Uriah- un lindo caballero.
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