David Copperfield (Charles Dickens) - pág.452
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-Porque, querida mía, ya no eres una niña.
-Vamos -dijo Dora-, ¿es que vas a volverte gruñón?
-¿Gruñón, amor mío?
-A mí me parece que todos son muy buenos para mí -dijo Dora-, y soy muy dichosa.
-Está muy bien; pero, querida mía, no serías menos dichosa si te trataran como persona razonable.
Dora me lanzó una mirada de reproche. ¡Qué mirada tan encantadora! Y se puso a sollozar, diciendo que «puesto que no la quería, no sabía por qué había deseado tanto ser su novio, y que puesto que no podía soportarla, lo mejor que podía hacer era marcharme».
¡Qué otra cosa podía hacer sino besar sus hermosos ojos, llenos de lágrimas, y repetirle que la quería!
-¡Ser así conmigo, que te quiero tanto! -dijo Dora-. ¡No debías de ser así de cruel conmigo, Doady!
-¿Cruel, amor mío? ¡Como si yo pudiera ser cruel contigo! -Entonces no me regañes -dijo Dora con aquel mohín que hacía de su boca un capullo- y seré buena.
Un instante después estaba encantado al ver que ella misma me pedía el libro de cocina de que le había hablado una vez, y que deseaba te enseñara a llevar las cuentas, como también le había prometido. A la próxima visita le llevé el libro, muy bien encuadernado, para que lo encontrara más simpático, y mientras nos paseábamos por el campo le enseñé también un antiguo cuaderno de cuentas de mi tía, y le di un carné y un lápiz muy bonito, con su caja de minas de plomo, para que fuera ensayándose en las cuentas.
Pero el libro de cocina le daba dolor de cabeza y las cifras te hicieron llorar. No querían sumarse, según decía, por lo que las borró todas, y dibujó en su lugar en el cuadernito ramos de fores y el retrato de Jip y el mío.
Después traté de darle algunos consejos, en nuestros paseos del sábado, sobre las cosas de la casa. Por ejemplo: si pasábamos por delante de la carnicería le decía:
-Veamos, pequeña: si estuviéramos casados y tuvieras que comprar una pierna de cordero para nuestro almuerzo, ¿sabrías comprarla?
El lindo rostro de Dora se alargaba, y adelantaba los labios como si prefiriera cerrar los míos con uno de sus besos.
-¿Sabrías comprarla, pequeña? -repetía yo, inflexible.
Dora reflexionaba un momento y después me contestaba triunfante:
-Pero el carnicero ya sabría vendérmela, ¿qué más da? ¡Oh Doady, qué tonto eres!
En otra ocasión le preguntaba a Dora, mirando el libro de cocina, lo que haría si estuviéramos casados y yo le pidiera para comer uno de aquellos ricos asados a la irlandesa. Y ella me respondió que le diría a la cocinera: « Haga usted un asado». Después palmoteó y se agarró de mi brazo riendo, más encantadora que nunca.
En consecuencia, el libro de cocina sólo sirvió para ponerlo en un rincón y que Jip se subiera en dos patas encima. Pero Dora estuvo tan contenta el día que consiguió que Jip permaneciera allí un momento con el lápiz entre los dientes, que no me arrepentí de haberlo comprado.
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