David Copperfield (Charles Dickens) - pág.449
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Al cabo de un cuarto de hora, ni más ni menos, reaparecieron, siempre con la misma dignidad. A su salida, el roce de sus trajes había hecho un ligero ruido, como si estuvieran hechos de hojas secas, y cuando volvieron se oyó el mismo rumor.
Prometí de nuevo observar fielmente la prescripción.
-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, el resto es cosa tuya.
Miss Clarissa dejó por primera vez de tener los brazos cruzados, para coger sus notas y mirarlas.
-Tendremos mucho gusto -dijo miss Clarissa- en que míster Copperfield venga a comer con nosotros todos los domingos, si le parece bien. Nuestra hora es las tres.
Yo saludé.
-Y en el transcurso de la semana -continuó miss Clarissa- estaremos encantadas si míster Copperfield viene a tomar el té con nosotras. Nuestra hora es las seis y media.
Saludé de nuevo.
-Dos veces por semana es la regla; más a menudo, no.
Saludé de nuevo.
-Miss Trotwood, a quien míster Copperfield menciona en su carta -dijo miss Clarissa-, quizá venga a vernos. Cuando las visitas son útiles en interés de ambas partes estamos encantadas de recibirlas y de devolverlas. Pero cuando en interés de las diferentes partes vale más que no se hagan (como nos ha ocurrido con mi hermano Francis y su familia), entonces es completamente distinto.
Aseguré que mi tía estaría encantada de conocerlas, aunque debo confesar que no estaba muy seguro de que estuvieran siempre en buena armonía. Como ya estaban todas las condiciones bien claras, expresé con calor mi agradecimiento, y cogiendo la mano primero a miss Clarissa y después a miss Lavinia las llevé a mis labios.
Miss Lavinia se levantó entonces, y rogando a míster Traddles que nos esperase un momento, me rogó que la siguiera. Obedecí temblando y me condujo a otra habitación. Allí encontré a mi adorada Dora al lado de la puerta, con la cara contra la pared, y a Jip encerrado en el aparador, con la cabeza envuelta en una servilleta.
¡Oh qué bonita estaba con su traje de luto! ¡Cómo lloraba y qué trabajo me costó sacarla de su rincón! ¡Y qué dichosos nos sentimos cuando se decidió! ¡Qué alegría sacar a Jip de su encierro y encontramos los tres reunidos!
-Mi querida Dora, ¡ahora eres mía para siempre!
-Déjame -dijo Dora en tono suplicante-, te lo ruego.
-¿No eres ya mía para siempre?
-Sí, ya lo creo -exclamó Dora- ¡Pero tengo tanto miedo!
-¿Miedo, querida mía?
-Sí, no me gusta -dijo Dora- ¿Por qué no se va?
-¿Pero quién, tesoro mío?
-Tu amigo -dijo Dora- ¿A él qué le importa? ¡Qué estúpido es!
-Amor mío (nunca la he visto más seductora en sus movimientos infantiles), ¡si es el mejor muchacho del mundo!
-¡Pero no necesitamos para nada a un buen muchacho! -dijo con un mohín.
-Querida mía -repliqué-, pronto le conocerás y le querrás mucho. Mi tía también va a venir a verte, y estoy seguro de que la querrás con todo tu corazón.
-¡Oh, no; no la traigas! -dijo Dora dándome un besito muy asustada y juntando las manos-.
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