David Copperfield (Charles Dickens) - pág.447
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Modesto y reservado, el amor se oculta y espera, espera siempre. Es como un fruto que espera estar maduro. A veces pasa la vida mientras él continúa madurando en la sombra.
Naturalmente, yo entonces no comprendí que era una alusión a los presuntos sufrimientos del desgraciado Pidger; únicamente me daba cuenta, al ver la gravedad con que miss Clarissa movía la cabeza, de que había un gran sentido encerrado en aquellas palabras.
-Las inclinaciones ligeras (pues no podría compararlas con los sentimientos profundos de que hablo) -continuó miss Lavinia-, las inclinaciones ligeras de los jovencitos no son, al lado de eso, más de lo que el polvo es al lado de la roca. Y es tan difícil saber si tienen un fundamento sólido, que mi hermana Clarissa y yo verdaderamente no sabíamos qué hacer, míster Copperfield y usted, caballero...
-Traddles -dijo mi amigo viendo que le miraban.
-Usted me dispense, ¿Traddles del Templo Inner, según creo? -dijo miss Clarissa volviendo a mirar la carta.
-Sí -dijo Traddles poniéndose rojo.
No era que me hubieran animado positivamente; pero me parecía observar que las dos hermanitas, y sobre todo miss Lavinia, se complacían con aquella cuestión de interés doméstico y que trataban de sacar el mayor partido posible de ella y de hacerlo durar cuanto pudieran, lo que me daba buenas esperanzas. Me parecía que a miss Lavinia le entusiasmaba la idea de manejar a dos jóvenes enamorados como Dora y yo, y que a su hermana casi le complacía tanto el verla manejarnos, permitiéndose de vez en cuando disertar sobre la parte de la cuestión que se había reservado. Esto me animó a declarar con el mayor calor que amaba a Dora más de lo que podía expresarse ni creerse; que todos mis amigos sabían cómo la amaba; que mi tía, Agnes, Traddles, todos los que me conocían sabían cómo me había vuelto de formal aquel amor. Acudí al testimonio de Traddles. Y Traddles se lanzó en un verdadero debate parlamentario, viniendo noblemente en mi ayuda; es evidente que sus palabras sencillas y sensatas produjeron una impresión favorable.
-Si me permiten decirlo, tengo alguna experiencia en esta materia -dijo Traddles-, pues estoy prometido a una joven (la mayor de diez hermanas, en Devonshire); y es más, no hay ninguna probabilidad de que podamos realizar nuestras esperanzas en mucho tiempo.
-Entonces estará usted de acuerdo con lo que yo he dicho -replicó miss Lavinia (a quien evidentemente inspiró desde aquel momento un interés nuevo)- sobre el afecto, modesto y silencioso, que sabe esperar, esperar siempre.
-Por completo, señora -dijo Traddles.
Miss Clarissa miró a miss Lavinia con un movimiento de cabeza lleno de gravedad. Miss Lavinia miró a miss Clarissa con una expresión sentimental y lanzando un ligero suspiro.
-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa-, toma mi frasco de sales.
Miss Lavinia se reconfortó con las sales de su hermana y después continuó, con voz más débil, mientras Traddles y yo la mirábamos solícitos.
-Hemos tenido muchas dudas mi hermana y yo, míster Traddles, sobre lo que convendría hacer respecto al afecto, o al menos al afecto supuesto, de dos niños como su amigo Copperfield y nuestra sobrina.
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