David Copperfield (Charles Dickens) - pág.446
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Si la madre de Dora nos hubiera dicho, el día que se casó con nuestro hermano Francis, que no había sitio para nosotras en su mesa, hubiera sido mejor para ambas partes.
-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, quizá sería mejor no ocuparse de eso.
-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa-, esto se refiere al asunto. Yo no me atrevería a mezclarme en la parte del asunto que te corresponde, pues sólo tú eres competente para tratarla. Pero en esta otra parte del asunto me reservo mi voz y mi opinión, y hubiera valido más, en interés de ambas partes, que la mamá de Dora nos hubiera expresado claramente sus intenciones el día en que se casó con nuestro hermano Francis. Hubiéramos sabido a qué atenernos y le hubiéramos dicho: «Que no se molestase en invitarnos nunca a nada». Así no hubiera habido equívocos.
Cuando miss Clarissa terminó de sacudir la cabeza, miss Lavinia tomó la palabra, consultando mi carta a través de sus lentes. Las dos hermanas tenían los ojitos pequeños, redondos y brillantes; parecían ojos de pájaro. En general tenían mucho de pajaritos. En su tono breve, pronto y brusco y en la limpieza y cuidado de su ropa había algo que hacía recordar a los canarios.
Miss Lavinia tomó la palabra:
-¿Usted nos pide a mi hermana y a mí, míster Copperfield, autorización para venir a visitarnos como novio de nuestra sobrina?
-Si le ha convenido a nuestro hermano Francis -dijo miss Clarissa estallando de nuevo (si es que se puede llamar estallar a una interrupción hecha con la mayor tranquilidad)-; si ha querido rodearse de la atmósfera del Tribunal de Doctores, ¿teníamos acaso nosotras el derecho ni el deseo de oponernos? No, de verdad. Nunca hemos tratado de imponemos a nadie. Pero, ¿por qué no decirlo?, mi hermano Francis y su mujer eran muy dueños de elegir sus amistades, como mi hermana Clarissa y yo de elegir las nuestras. ¡Tenemos edad para poder hacerlo, me parece!
Como aquello parecía dirigirse a Traddles y a mí, nos creímos obligados a contestar algo. Traddles habló demasiado bajo y no se le entendió; yo creo que dije que aquello hacía mucho honor a todos; pero no sé lo que quería decir con aquello.
-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa después de desahogarse-, continúa.
Miss Lavinia continuó:
-Míster Copperfield, mi hermana Clarissa y yo hemos reflexionado mucho sobre su carta, y antes de reflexionar hemos empezado por enseñársela a nuestra sobrina y por discutirla con ella. No dudamos de que usted está convencido de quererla mucho.
-¡Sí creo quererla! ¡Señoras! ¡!Oh!...
Iba a extasiarme; pero miss Clarissa me lanzó tal mirada (exactamente la de un canario) como para rogarme que no interrumpiera al oráculo, que me callé pidiendo que me dispensaran.
-El afecto -dijo miss Lavinia mirando a su hermana como pidiéndole una aprobación, que miss Clarissa no dejaba de darle al fin de cada frase con un ligero movimiento-, el afecto, verdad, el respeto, la abnegación, ¡cuesta tanto trabajo expresarlo! Su voz es débil.
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