David Copperfield (Charles Dickens) - pág.445
Indice General
|
Volver
Página 445 de 653
¡Traddles teniendo que explicar que mister Copperfield era yo, y yo teniendo que reclamar mi personalidad, mientras ellas a su vez se veían obligadas a deshacerse de la opinión preconcebida de que Traddles era míster Copperfield! ¡Una situación deliciosa! Además oírnos claramente los ladridos de Jip y que de nuevo le hacían callar.
-¡Mister Copperfield! -dijo la hermana que tenía la carta.
No sé lo que hice; probablemente saludé; después presté la atención más sostenida a lo que me dijo la otra hermana.
-Como mi hermana Lavinia es más competente que yo en semejantes materias, ella le dirá lo que nos parece más oportuno, teniendo en cuenta el interés de ambas partes.
Más adelante supe que miss Lavinia era una autoridad en los asuntos del corazón porque hacía mucho tiempo había existido un tal míster Pidger que jugaba al whist y que, según creían, había estado enamorado de ella. Mi opinión es que aquello era una suposición completamente gratuita y que mister Pidger había sido inocente de semejante sentimiento; el caso es que nunca lo había demostrado. Pero miss Lavinia y miss Clarissa creían como artículo de fe que le hubiera declarado su pasión si la muerte no se le hubiera llevado en la flor de la edad (a los sesenta años), a consecuencia del abuso del alcohol, corregido con poca oportunidad con el abuso de las aguas de Bath. Y hasta sospechaban las dos hermanas que su secreto amor era la causa de su muerte. Debo decir que en el retrato que conservaban de él tenía una nariz roja que no hubiera hecho sospechar semejante cosa.
-No haremos historia del pasado -dijo miss Lavinia-; la muerte de nuestro pobre hermano Francis lo ha borrado todo.
-No nos tratábamos mucho con nuestro hermano -dijo miss Clarissa-; pero no había ninguna querella entre nosotros; Francis seguía su camino y nosotras el nuestro, porque nos pareció que era lo mejor que se podía hacer en interés de ambas partes, y era verdad.
Las dos hermanas se inclinaban del mismo modo hacia adelante para hablar; después sacudían la cabeza y se erguían cuando habían terminado. Miss Clarissa no movía nunca los brazos. Tocaba encima de ellos con sus dedos marchas y minuetos, pero sus brazos permanecían inmóviles.
-La posición de nuestra sobrina, al menos la posición que se le suponía, ha cambiado mucho desde la muerte de nuestro hermano Francis. Por lo tanto, debemos creer -dijo miss Lavinia- que la opinión de nuestro hermano sobre la posición de su hija ya no tiene la misma importancia. No tenemos motivos para dudar, míster Copperfield, de que usted tenga una reputación honorable y un carácter excelente, ni de que quiera usted a nuestra sobrina, o al menos de que lo cree usted firmemente.
Respondí, como hacía siempre, sin dejar escapar la ocasión, que nunca se había amado a nadie como yo amaba a Dora. Traddles vino en mi ayuda con un murmullo de afirmación.
Miss Lavinia iba a hacer alguna observación, cuando miss Clarissa, que parecía perseguida por la necesidad de aludir a su hermano Francis, tomó la palabra.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|