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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.444

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Pero si nos casamos será una escena deplorable y más parecerá un funeral que una boda; además me odiarán a muerte por habérsela arrebatado.
Su rostro tenía una expresión ingenua, seria y cómica a la vez, cuyo recuerdo quizá me impresiona ahora más que entonces, pues estaba en un estado tal de ansiedad a inquietud, que era incapaz de fijarme en nada. A medida que nos acercábamos a la casa de misses Spenlow me sentía más intranquilo respecto a mi aspecto externo y a mi presencia de ánimo; tanto es así, que Traddles me propuso, para animarme, beber algo que me repusiera un poco: un vaso de cerveza, por ejemplo. Me condujo a un café cercano, y al salir de allí me dirigí con paso tembloroso hacia la puerta de aquellas mujeres.
Tuve como una vaga sensación de que habíamos llegado cuando vi a una doncella que nos abría la puerta. Me pareció que entraba tambaleándome en un vestíbulo donde había un barómetro y que daba a un saloncito en el primer piso. El salón se abría sobre un bonito y pequeño jardín. Después creo que me senté en un diván, que Traddles se quitó el sombrero, y que sus cabellos se enderezaron, haciéndole parecer una de esas figuritas con sorpresa que salen de una caja cuando se levanta la tapa. Creo haber oído el tic tac de un viejo reloj rococó que adornaba la chimenea, y traté de poner mi corazón al unísono; pero ¡latía demasiado! Creo que buscaba con los ojos algo que me recordase a Dora; pero no vi nada. Creo también que oí ladrar a Jip a lo lejos, y que al momento ahogaron sus ladridos, y, en fin, estuve a punto de lanzar a Traddles a la chimenea al hacer una reverencia, muy confuso, a dos diminutas señoras vestidas de negro que parecían dos miniaturas del difunto míster Spenlow.
-Siéntese, se lo ruego -dijo una de las dos señoras.
Cuando dejé de empujar a Traddles y conseguí sentarme, por fin, en una silla (primero me había sentado encima de un gato), recobré el suficiente aplomo para darme cuenta de que mister Spenlow debía de ser seguramente el más joven de la familia: debía de haber seis a ocho años de diferencia entre las dos hermanas. La más joven parecía ser la que llevaba la voz cantante, pues tenía mi carta en la mano (con qué temor la reconocí) y la consultaba de vez en cuando con sus lentes. Las dos hermanas iban vestidas igual; pero la más joven llevaba algo que le daba un aire más coquetón; no sé si alguna puntilla más en el cuello, o un broche, o un brazalete, pero algo así, que le daba un aspecto más juvenil. Las dos eran tiesas, tranquilas y acompasadas. La que no tenía mi carta llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, como un ídolo.
-¿Mister Copperfield, supongo? -dijo la que tenía mi carta en la mano dirigiéndose a Traddles.
Era un modo de empezar terrible.


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