David Copperfield (Charles Dickens) - pág.443
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¡Y todas las hermanas se han reído con ganas de ellos!
-¡Qué agradable!
-¡Oh, sí! -repuso Traddles con perfecta inocencia-. Es una diversión para nosotros. Dicen que Sofia tiene un mechón de mis cabellos en su cajón, y que para tenerlos aplastados se ve obligada a meterlos en un libro con broches. ¡Nos reímos mucho, ya lo creo!
-A propósito, mi querido Traddles, tu experiencia podrá serme muy útil. Cuando te comprometiste con la muchacha de que me hablas, ¿tuviste que hacer a la familia una proposición formal? Por ejemplo: ¿has tenido que cumplir la ceremonia por que vamos a pasar hoy nosotros? -añadí nerviosamente.
-¿Sabes? -dijo Traddles poniéndose serio-. Mi caso ha sido muy complicado, Copperfield, y que me ha hecho sufrir mucho. Sofía es tan útil en su casa, que no podían hacerse a la idea de que se casara. Hasta habían decidido entre ellos que no se casaría nunca, y la llamaban siempre la «solterona». Así es que cuando empecé a hablar a mistress Crewler, con todas las precauciones imaginables...
-¿La mamá?
-Sí. El padre es el reverendo Horace Crewler, de quien ya te he hablado. Cuando empecé a hablar a mistress Crewler, a pesar de todas mis precauciones para prepararla, lanzó un grito y se desvaneció. Tuve que esperar meses antes de poder abordar el mismo asunto.
-¿Pero por fin lo hiciste?
-Fue el reverendo Horace quien lo hizo -dijo Traddles-, que es el hombre más excelente y ejemplar en todos sentidos. Le hizo ver que, como cristiana, debía aceptar aquel sacrificio, tanto más porque no lo era, y desechar todo sentimiento contrario a la caridad conmigo. Yo, te doy mi palabra de honor, Copperfield, me daba horror a mí mismo; me parecía un pájaro de presa que había caído sobre aquella familia.
-¿Espero que las hermanas estuvieran a tu favor, Traddles?
-No del todo, pues cuando mistress Crewler ya se había hecho un poco a la idea tuvimos que anunciárselo a Sarah. ¿Recuerdas lo que te he dicho de Sarah? Es la que tiene algo en la espina dorsal.
-¡Ah, sí, perfectamente!
-Pues Sarah cruzó las manos, mirándome con angustia; después cerró los ojos y se puso verde; su cuerpo estaba tieso como un palo, y durante dos días no pudo comer más que agua con pan, a cucharaditas.
-¿Debe de ser una chica insoportable, Traddles?
-Perdona, Copperfield; pero es una chica encantadora. ¡únicamente tiene tanta sensibilidad! Todas son lo mismo. Sofía me dijo después que no podía figurarme los remordimientos que tenía, mientras cuidaba a Sarah. Y estoy seguro de que debió de sufrir mucho, Copperfield; lo juzgo por mí, pues yo me consideraba como un verdadero criminal. Cuando Sarah se restableció hubo que anunciárselo a las otras ocho, y en todas se produjo el efecto más conmovedor. Las dos pequeñas, a quienes Sofía educa, empiezan ahora a no odiarme tanto.
-¿Pero habrán terminado por hacerse a la idea?
-Sí..., sí; al menos creo que están resignadas -dijo Traddles en tono de duda-. A decir verdad, evitamos hablar de ello, y lo que las consuela mucho es la incertidumbre de mi porvenir y mis escasos medios.
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