David Copperfield (Charles Dickens) - pág.442
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Y díganme ustedes: ¿para qué se iba a la India si no era para fastidiarme? Claro que podrán contestarme: ¿Y por qué no a la India mejor que a otra parte cualquiera, sobre todo si se tiene en cuenta que la India le podia interesar más porque comerciaba con ella? Yo no estaba muy enterado de sobre qué comerciaba; pero tengo idea de que se trataba de chales de tisú de oro y colmillos de elefante. Había estado en Calcuta en su juventud, y quería volver allí a establecerse como asociado residente. Pero todo aquello me era indiferente; lo importante era que al partir se llevaba a Julia y que Julia se había tenido que it al campo a despedirse de su familia; su casa estaba en venta o en alquiler, y el mobiliario (con lixiviadora y todo) se subastaba. Era, por lo tanto, un nuevo terremoto bajo mis pies antes de que estuviera repuesto del anterior.
Me preocupaba mucho el pensar cómo me vestiría el día solemne; pues por un lado quería ir lo mejor posible y por otro temía que cualquier detalle de mi ropa pudiera perjudicar mi reputación de seriedad a los ojos de misses Spenlow. Intenté un feliz término medio, que mi tía aprobó, y mister Dick, para asegurar el éxito de nuestra empresa, arrojó un zapato tras de nosotros mientras bajábamos la escalera.
A pesar del cariño y el afecto que sentía por Traddles no pude por menos desear en aquella ocasión tan delicada que nunca hubiera tenido la costumbre de peinarse con cepillo, pues sus cabellos tiesos le daban una expresión como asustada; hasta podría decir que parecía una escoba de crin, y mis aprensiones me hacían temer que aquello nos fuera fatal.
En el camino me tomé la libertad de decírselo y de insinuarle que tratara de aplastárselos un poco...
-Me querido Copperfield -dijo Traddles quitándose el sombrero y alisándose los cabellos en todas las direcciones-, nada podría serme más agradable; pero no quieren.
-¿No quieren quedarse aplastados?
-No -dijo Traddles-, nada puede convencerlos. Aunque me pusiera encima de la cabeza un peso de cincuenta libras y fuera con él hasta Putney no lo conseguiría: volverían a ponerse de puma en cuanto quitase- el peso. No puedes hacerte idea de su terquedad, Copperfield. Parezco un puercoespín constantemente encolerizado.
Debo confesar que me quedé un poco desconcertado, aunque al mismo tiempo me encantaba su sencillez. Le dije todo lo que estimaba su buen carácter y que pensaba que toda la terquedad se le había ido a los cabellos y que por eso a él no te quedaba ni rastro.
-¡Oh! -repuso Traddles riéndose-. Es ya antigua la historia de mis desgraciados cabellos. La mujer de mi tío no los podia resistir; decía que la exasperaban. Y también me han perjudicado mucho al principio, cuando me enamoré de Sofia. ¡Oh, sí, mucho!
-¿No le gustaban tus cabellos?
-A ella sí -repuso Traddles-; pero su hermana mayor (la que es una belleza) no los podia tomar en serio.
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