David Copperfield (Charles Dickens) - pág.440
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También en esta carta había dinero: cinco libras. Míster Peggotty había dejado intacta aquella suma, lo mismo que la otra, y volvió a doblar también el billete. Había también instrucciones detalladas sobre la manera de hacerle llegar una respuesta; se veía que varias personas habían intervenido para disimular mejor el sitio en que estaba oculta; sin embargo, parecía bastante probable que hubiera escrito desde el sitio donde le habían dicho a míster Peggotty que la habían visto.
-¿Y qué le han contestado?
-Como mistress Gudmige no está muy fuerte en escritura, Ham se ha encargado de contestar por ella. Le han dicho que yo había salido en busca suya y lo que dije al despedirme.
-¿Y eso es otra carta?
-No; es dinero -dijo míster Peggotty desplegando a medias diez libras-; como puede usted ver, hay escrito por dentro del envoltorio: « De parte de una amiga verdadera» . Pero la primera carta la habían echado por debajo de la puerta y esa ha venido por correo anteayer. Voy a buscar a Emily en la ciudad que pone en el sello.
Me lo enseñó. Era una ciudad a orillas del Rhin. Había encontrado en Yarmouth algunos comerciantes extranjeros que conocían aquel país, y le habían dibujado una especie de mapa para que comprendiera mejor las cosas. Lo puso encima de la mesa y me señaló su camino con una mano, mientras apoyaba la barbilla en la otra.
Le pregunté cómo estaba Ham. Sacudió la cabeza.
-Trabaja mucho -me dijo-. Su nombre es ya conocido y respetado en todo el país; todo lo que puede ser un hombre en este mundo. Todos están dispuestos a ayudarle, y lo comprenderá usted, porque ¡es tan bueno con todo el mundo! Nunca se le ha oído quejarse. Entre nosotros, mi hermana cree que ha sido un golpe muy fuerte para él.
-¡Pobre muchacho! Yo también lo creo.
-Míster Davy -repuso míster Peggotty en voz baja y en tono solemne-, Ham ahora desprecia la vida. Siempre que se necesita un hombre para afrontar algún peligro en el mar, allí está él; siempre que hay un puesto peligroso que cubrir, allá va el primero. Y, sin embargo, es dulce como un niño; no hay ni un niño en todo Yarmouth que no le conozca.
Reunió las cartas con expresión pensativa, las dobló lentamente y volvió a meterse el paquetito en el bolsillo. Ya no había nadie en la puerta. La nieve continuaba cayendo; eso era todo.
-Y bien -me dijo mirando su saco-, puesto que le he visto esta noche, míster Davy, y eso me ha consolado, partiré mañana temprano. Ya ha visto usted lo que tengo aquí -y ponía la mano encima del paquetito-; lo que me preocupa es que pueda ocurrirme una desgracia antes de haber devuelto este dinero. Si me muriera y este dinero se perdiera o me lo robaran y él pudiera creer que lo he guardado, creo que el otro mundo no podría retenerme; sí; verdaderamente creo que volvería
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