David Copperfield (Charles Dickens) - pág.439
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Entonces he vuelto.
-¿Hace mucho tiempo? -pregunté.
-Pocos días solamente. Vi a lo lejos mi viejo barco y la luz que brillaba en la ventana, acercándome vi a la vieja mistress Gudmige sentada Bola al lado del fuego. Le grité: « No tengas miedo; es Daniel», y entré. Nunca hubiera creído que pudiera sorprenderme tanto verme en mi viejo barco.
Sacó cuidadosamente de un bolsillo de su chaleco un paquete de papeles que contenía dos o tres camas y las puso encima de la mesa.
-Esta primera carta ha llegado -dijo separándola de las otras- a los ocho días escasos de mi partida. Había dentro, a mi nombre, un billete de banco de cincuenta libras. Lo habían echado una noche por debajo de la puerta. Había tratado de desfigurar la letra, pero conmigo no le valía.
Volvió a plegar con cuidado el billete y lo dejó encima de la mesa.
-Esta otra carta, dirigida a mistress Gudmige, ha llegado hace dos o tres meses.
Después de haberla contemplado un momento me la entregó, añadiendo en voz baja: «Tenga la bondad de leerla».
Leí lo siguiente:
« ¡Oh, qué pensará usted cuando vea esta carta y sepa que es mi mano culpable la que traza estas líneas! Pero trate, trate, no por amor mío, sino por amor a mi tío, trate de dulcificar un momento su corazón hacia mí. Trate, se lo ruego, de tener piedad de una desgraciada, y escríbame en un pedacito de papel si está bien y lo que ha dicho de mí antes de que haya sido prohibido pronunciar mi nombre entre ustedes. Dígame si por la noche, a la hora en que yo volvía siempre, piensa todavía en la que amaba tanto. ¡Oh, mi corazón se rompe cuando pienso en todo esto! Caigo de rodillas y le suplico que no sea conmigo todo lo severa que merezco...; sé que lo merezco; pero sea usted buena y transigente; escribame una palabra y envíemela. No me llame ya « mi pequeña», no me den ya más el hombre que he deshonrado; pero tenga piedad de mi angustia y sea lo bastante misericordiosa para hablarme un poco de mi tío, puesto que jamás, jamás en este mundo le volverán a ver mis ojos.
Querida mistress Gudmige: si no tiene usted compasión de mí, pues tiene derecho a ello, ¡oh!, entonces pregúntele a aquel para el que soy más culpable, a aquel de quien debía ser la mujer, si debe usted negarse a mi ruego. Si es lo bastante generoso para aconsejarle lo contrario (y yo creo que lo hará, pues es todo bondad a indulgencia), entonces, entonces únicamente dígale que cuando oigo por la noche la brisa me parece que acaba de pasar por su lado y el de mi tío y que sube a Dios para llevarle el mal que hayan dicho de mí. Decidles que si muriera mañana (¡oh, cómo querría morir si me sintiera preparada!) mis últimas palabras serían para bendecirle a él y a mi tío y mi última oración por su felicidad.
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