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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.438

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Se sacudió la nieve que cubría su ellas casi como si fueran los niños de Emily. ¡Oh mi querida pequeña Emily!
Se puso a sollozar en un repentino acceso de desesperación. Yo pasaba temblando mi mano por encima de la suya, con la que intentaba taparse el rostro.
-Gracias -me dijo-, no se preocupe usted.
Al cabo de un momento se descubrió los ojos y continuó su relato.
-A menudo por la mañana me acompañaban un momento por el camino, y cuando nos separábamos y yo les decía en mi lengua: «Muchas gracias, que Dios os bendiga», ellas siempre parecían comprenderme y me respondían con cariño. Por fin llegué a la costa. No era difícil para un marino como yo ganar su pasaje hasta Italia. Cuando llegué allí seguí errando de un lado a otro. Todo el mundo era bueno conmigo, y quizá hubiera viajado de ciudad en ciudad o a través de los campos si no hubiera oído decir que la habían visto en las montañas de Suiza. Alguien que conocía al criado los había visto a los tres; hasta me dijeron cómo viajaban y dónde estaban. Anduve día y noche, míster Davy, para encontrar aquellas montañas. Cuanto más avanzaba más parecían alejarse ellas. Pero las alcancé y las atravesé. Cuando llegué al lugar de que me habían hablado empecé a preguntarme: ¿Y qué vas a hacer cuando la veas?
El rostro que nos escuchaba, insensible al rigor de la noche, se bajaba, y vi a aquella mujer de rodillas delante de la puerta, con las manos juntas como para rezar, suplicándome que no la despidiera.
-Nunca he dudado de ella -dijo míster Peggotty-, nunca, ni un minuto. Sólo con que hubiera podido hacerle ver mi rostro, hacerle oír mi voz, recordarle la casa de que había huido, su infancia, sabía que, aunque hubiera llegado a princesa de sangre real, caería a mis pies. Lo sabía. ¡Cuántas veces en mi sueño la he oído gritar: « Tío, tío mío querido!» y la he visto caer como muerta ante mí. ¡Cuántas veces en mi sueño la he levantado diciéndole muy bajito: «Emily, querida mía; vengo a perdonarte y a llevarte conmigo! ».
Se detuvo, movió la cabeza, y después añadió con un suspiro:
-Él, él no es nada para mí. Emily lo era todo. Compré un traje de campesina para ella; sabía que una vez que la hubiera recobrado vendría conmigo por las carreteras rocosas; que iría donde yo quisiera, y que no me abandonaría jamás, no, jamás. Todo lo que quería era hacerle poner aquel traje y pisotear los que llevara, cogerla, como antes, en mis brazos y volver a nuestra casa, deteniéndonos a veces en el camino para que descansaran sus pies enfermos y su corazón, más enfermo todavía. Respecto a él, creo que ni siquiera le hubiera mirado. ¿Para qué? Pero todo esto no debía ser, mister Davy, no, todavía no. Llegué demasiado tarde: habían partido. Ni siquiera pude saber dónde iban. Unos decían que por aquí, otros que por allá, y he viajado por aquí y por allá; pero no la he encontrado.


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