David Copperfield (Charles Dickens) - pág.437
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La eché al correo. Ya no tenía nada que hacer más que esperar con paciencia la contestación. Hacía una semana que estaba en aquel estado de expectación.
Una noche volvía de casa del doctor Strong.
Había sido un día muy crudo, con un viento norte que cortaba la cara. El viento había desaparecido al anochecer y empezaba a nevar; caían gruesos copos, que cubrían ya todo el suelo, y los ruidos se habían apagado como si las calles estuvieran cubiertas de pluma.
El camino más corto para volver a casa (y naturalmente el que tomé en semejante noche) fue el de la travesía de San Martín. La iglesia que da nombre a la calle está ahora aislada; pero antes sólo tenía espacio libre por la parte de delante, y la calleja torcía hacia el Strand. Cuando pasaba por delante del pórtico vi en la rinconada el rostro de una mujer. Me miró, cruzó la calle y desapareció. Yo la conocía, la había visto en alguna parte; pero no recordaba dónde. Algo que interesaba a mi corazón se asociaba con ella; pero como iba pensando en otra cosa cuando me la encontré, sólo tuve una idea confusa.
En los escalones de la iglesia había un hombre poniendo algo sobre la nieve y arreglándolo después; le vi al mismo tiempo que a la mujer. No había salido de mi sorpresa cuando el hombre se volvió y se encontro conmigo: estaba cara a cara con míster Peggotty.
Entonces recordé quién era la mujer. Era Martha, a quien Emily había dado dinero la noche aquella en la cocina. Martha Endell, al lado de la cual él no hubiera querido ver a su querida sobrina según me dijo Ham, ni por todos los tesoros ocultos en el mar.
Nos estrechamos la mano cordialmente; al principio ninguno de los dos podíamos decir una palabra.
-Míster Davy, ¡cómo me alegro de verle! ¡Qué feliz encuentro!
-Muy feliz, querido y viejo amigo -le dije.
-Había estado pensando ir a verle esta noche -repuso-; pero al saber que su tía está viviendo con usted (pues he estado por el lado de Yarmouth) he temido que fuera demasiado tarde, y pensaba ir por la mañana temprano, antes de volver a marcharme.
-¿Otra vez? -dije.
-Sí señor -replicó moviendo la cabeza con resignación-; me marcho mañana.
-¿Y dónde va usted ahora? -pregunté.
-¡Pchs! -replicó, sacudiendo la nieve de sus largos cabellos-. Voy por ahí...
En aquella época el establecimiento de La Cruz de Oro (tan memorable para mí en relación con su desgracia) tenía una puerta cerca de donde estábamos parados. Le señalé la verja, me agarré de su brazo, y nos dirigimos allí. Dos o tres de las salas del café daban al patio, y viendo una completamente vacía y con buen fuego, nos dirigimos a ella.
Cuando le vi a la luz observé que tenía los cabellos largos y revueltos y el rostro quemado por el sol; las arrugas de su rostro eran más profundas, y tenía todo el aspecto de haber vagado a través de los climas más distintos; pero todavía parecía muy fuerte y decidido a cumplir su propósito sin que nada pudiera cansarle.
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