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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.436

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Ya he estado en su habitación y está dulce como un cordero. ¿Ve usted? A pesar de lo humilde que soy le sirvo de algo; y cuando no está bebido lo comprende. ¡Qué hombre tan amable después de todo! ¿No es verdad, míster Copperfield?
Me esforcé y le dije que me alegraba mucho de que se hubiera disculpado.
-¡Oh!, de verdad -dijo Uriah-. ¿Qué importa pedir excusas? ¡Cuando se es humilde es tan fácil! A propósito: ¿supongo, míster Copperfield -añadió con una ligera contorsión-, que le habrá ocurrido alguna vez el coger una pera antes de que estuviera madura?
-Es probable -respondí.
-Es lo que hice yo ayer noche -dijo Uriah-; pero la pera madurará; no hay más que estar al cuidado. Puedo esperar.
Y agobiándome con sus saludos, se bajó en el momento en que el conductor subía al pescante. Según creo, iba comiendo algo para evitar el frío de la mañana; al menos, por el movimiento de su boca se hubiera dicho que la pera estaba ya madura y que la saboreaba haciendo chasquear los labios.

CAPÍTULO XX
EL VAGABUNDO
Aquella noche tuvimos una conversación muy seria en Buckingham Street sobre los sucesos que he detallado en el último capítulo. Mi tía se tomaba el mayor interés y estuvo paseando de arriba abajo por la habitación, con los brazos cruzados, durante más de dos horas. Siempre que tenía algún disgusto ejecutaba una proeza semejante, y se podia saber la importancia de su disgusto por lo que duraba el paseo. En aquella ocasión estaba tan afectada, que necesitó abrir la puerta de la alcoba para tener más sitio, y recorría las dos habitaciones de un extremo a otro, mientras mister Dick y yo, sentados inmóviles al lado del fuego, la veíamos pasar por nuestro lado una vez y otra, con la regularidad de un péndulo de reloj.
Cuando mister Dick nos dejó solos a mi tía y a mí, para irse a la cama, yo me puse a escribir mi carta a las dos señoras. Entre tanto, mi tía, cansada de su paseo, se había sentado ante la chimenea, con la falda un poco remangada, como de costumbre; pero en lugar de poner el vaso sobre sus rodillas, lo dejó encima de la chimenea y se quedó con el codo derecho apoyado en la mano izquierda y la barbilla en la mano derecha, mirándome pensativa. Siempre que yo levantaba los ojos estaba seguro de encontrar los suyos.
-Te quiero más que nunca, hijo mío -me dijo-; pero estoy preocupada y triste.
Estaba demasiado preocupado con mi carta, y no me fijé, hasta después de que se hubiera acostado, de que había dejado intacta encima de la chimenea su «poción de la noche», como ella la llamaba. Cuando hice este descubrimiento, llamé a su puerta, y con más cariño que de costumbre me dijo:
-No he tenido ganas de tomarlo esta noche, Trot -y movió la cabeza y se encerró de nuevo.
A la mañana siguiente leyó mi carta para las tías de Dora, y la aprobó.


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