David Copperfield (Charles Dickens) - pág.434
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.. ¡oh, lo que es este hombre!
-Haría usted bien obligándole a callar, Copperfield, si puede -exclamó Uriah volviendo hacia mí sus manos huesudas-. Va a decir, fíjese bien, va a decir cosas que después sentirá haber dicho y que usted mismo sentirá haber oído.
-Lo diré todo -exclamó míster Wickfield con acento desesperado-. Puesto que estoy en tus manos ¿por qué no he de ponerme en las del mundo entero?
-Tenga cuidado, se lo repito -repuso Uriah dirigiéndose a mí-; si no le hace callar es que no es usted su amigo. ¿Pregunta usted por qué no se pondrá en manos del mundo entero? Míster Wickfield, porque tiene usted una hija. Usted y yo sabemos lo que sabemos, ¿no es cierto? No despertemos al perro que duerme. No soy yo quien cometerá esa imprudencia. Puede usted ver que soy lo más humilde posible, y le digo que si he ido demasiado lejos lo siento. ¿Qué más quiere usted, caballero?
-¡Oh, Trotwood, Trotwood -exclamó míster Wickfield retorciéndose las manos-. ¡He caído tan bajo desde que lo vi por primera vez en esta casa! Estaba ya en esta pendiente fatal; pero, ¡ay!, ¡cuánto camino! ¡Qué triste camino he recorrido desde entonces! Me ha perdido mi debilidad. ¡Ah! ¡Si hubiera tenido la fuerza de recordar menos, o al menos de olvidar! El recuerdo doloroso de lo que había perdido al perder a la madre de mi hija se ha vuelto una enfermedad; mi amor por mi hija, llevado hasta el olvido de todo lo demás, me ha dado el último golpe. Una vez con esta enfermedad incurable he infectado a mi vez cuanto he tocado. He causado la desgracia de lo que más quiero. ¡Tú sabes si la quiero! He creído posible amar a una criatura del mundo excluyendo a todas las demás. He creído posible llorar a una que había dejado el mundo sin llorar con los que lloran. Así he perdido mi vida. Me he devorado el corazón en una tristeza cobarde, y él se venga devorándome a su vez. He sido sórdido en mi dolor, sórdido en mi amor, sórdido en el modo en que he escapado del lado oscuro del dolor y del afecto. Y ahora sólo soy una ruina. ¡Oh, mira, mira mi miseria! ¡Huye de mí! ¡ódiame!
Cayó en una silla y se puso a sollozar. Ya no le sostenía la exaltación de su pena. Uriah salió de su rincón.
-No sé todo lo que habré podido hacer en mi locura -dijo míster Wickfield extendiendo la mano como para suplicarme que no le condenase todavía-; pero él lo sabe; él, que ha estado siempre a mi lado para apuntarme lo que debía hacer. Ya ves la cadena que me ha puesto al cuello; le encuentras instalado en mi casa; le encuentras metido en todos mis asuntos. Ya le has oído hace un momento. ¿Qué más puedo decirte?
-No tiene usted necesidad de decir más, y mejor hubiera hecho usted no diciendo nada -repuso Uriah, en tono a la vez arrogante y servil-.
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