David Copperfield (Charles Dickens) - pág.433
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-Sé que soy un personaje demasiado humilde para atrevenne a brindar a su salud -repuso Uriah-; pero la admiro; mejor dicho, ¡la adoro!
¡Qué angustia la del padre, que apretaba convulsivamente su cabeza gris entre las manos para contener su sufrimiento interior mil veces más cruel de contemplar que todos los dolores físicos que pudiera sufrir nunca!
-Agnes -dijo Uriah, sin fijarse en el estado de míster Wickfield, o sin querer fijarse-, Agnes Wickfield, puedo decirlo, es la más divina de las mujeres. Es más, puedo hablar libremente entre amigos; se puede estar orgulloso de ser su padre; ¡pero ser su marido...!
Dios no permita que vuelva a oír jamás un grito como el que lanzó míster Wickfield levantándose bruscamente.
-¿Qué ocurre? -dijo Uriah, que se puso pálido como la muerte-. ¡Ah, vamos! Debe de ser un ataque de locura, ¿no, míster Wickfield? ¡Tengo tanto derecho como cualquier otro a decir que un día su Agnes será mi Agnes! Es más; creo que tengo más derecho que nadie.
Pasé mi brazo alrededor del cuello de míster Wickfield y le rogué, por todo lo que pude imaginar, que se tranquilizara; pero sobre todo se lo rogué en nombre de su afecto por Agnes. Estaba fuera de sí y se arrancaba los cabellos, se golpeaba la frente y trataba de rechazarme lejos de sí, sin contestar una sola palabra, sin ver nada, sin saber, ¡ay!, en su desesperación ciega, lo que quería, con la mirada fija y extraviada. ¡Qué espectáculo tan terrible!
Le supliqué, en mi dolor, que no se abandonara a aquella angustia y que me escuchara. Le suplicaba que pensara en Agnes, en Agnes y en mí; que recordara cómo Agnes y yo habíamos crecido juntos; ella, a quien yo quería y respetaba; ella, que era su orgullo y su alegría. Me esforzaba en poner a su hija ante sus ojos; le reprochaba el no tener bastante firmeza para evitarle el que se enterase de semejante escena. No sé si mis palabras surtieron algún efecto, o si la violencia de su cólera terminó por gastarse; pero poco a poco se tranquilizó y empezó a mirarme, primero sin pensar, después con un rayo de razón, y por fin me dijo: «Ya lo sé, Trotwood; mi hija querida y tú..., ya lo sé; pero él, ¡mírale!».
Me enseñaba a Uriah, pálido y tembloroso en un rincón. Evidentemente se había precipitado, y esperaba una cosa muy distinta.
-Mira a mi verdugo -repuso míster Wickfield-; al hombre que me ha hecho perder poco a poco mi nombre, mi reputación, mi tranquilidad, la felicidad de mi hogar.
-Decid más bien el que le ha conservado su nombre, su reputación, su tranquilidad y la felicidad de su hogar -dijo Uriah, tratando de arreglar las cosas con una expresión de enfado y desconcierto-. No se enfade, míster Wickf¡eld, si he llegado más lejos de lo que esperaba; retrocederé ¡ya lo creo! Y después de todo, ¿dónde está el daño?
-Ya sabía yo que tenía un objetivo en la vida -dijo míster Wickfield- y creía que estaba unido a mí por motivos de intereses; pero.
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