David Copperfield (Charles Dickens) - pág.431
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En vano me esforzaba en soltarme; pasó mi brazo por debajo de la manga de su gabán, color chocolate, y me vi obligado a acompañarle.
-¿Volvemos a casa? -dijo Uriah tomando el camino de la ciudad.
La luna empezaba a iluminar las ventanas con sus rayos plateados.
-Antes de dejar de hablar de esto -le dije, después de un largo silencio- tiene usted que saber que a mis ojos Agnes Wickfield está tan por encima de usted y tan lejos de todas sus pretensiones como la luna que nos ilumina.
-Es tan tranquila, ¿no es verdad? -dijo Uriah-. Pero confiese usted que nunca me ha querido como yo a usted. Me encontraba usted demasiado humilde, estoy seguro.
-No me gusta que se haga tanta profesión de humildad ni de otra cosa -respondí.
-¡Ah! -dijo Uriah con el rostro más pálido y terroso todavía que de costumbre-; estaba seguro. Pero usted no sabe, míster Copperfield, hasta qué punto conviene la humildad a una persona en mi situación. Mi padre y yo fuimos educados en una escuela de caridad; mi madre también ha sido educada en un establecimiento de la misma naturaleza De la noche a la mañana nos enseñaban a ser humildes, y nada más. Debíamos ser humildes con estos, humildes con aquellos. Ahora teníamos que quitamos la gorra; allí teníamos que hacer una reverencia y no olvidar nunca nuestra situación, siempre rebajarnos delante de nuestros superiores ¡Dios sabe cuántos superiores teníamos! Si mi padre ha ganado la medalla de instructor ha sido a fuerza de humildad, y yo lo mismo. Si mi padre ha llegado a sacristán ha sido a fuerza de humildad. Tenía fama entre la gente bien educada de saber estar en su sitio, y por eso todos estaban dispuestos a empujarle. «Sé humilde, Uriah, me decía mi padre, y te abrirás camino. Nos han rebajado a ti como a mí en la escuela, y es lo que mejor resultado da. Sé humilde decía, y llegarás.» Y realmente parece que tenía razón.
Por primera vez sabía que aquella odiosa comedia de humildad era hereditaria en la familia Heep; había visto la cosecha, pero no se me había ocurrido pensar en la siembra.
-No era más alto que esto -decía Uriah- cuando aprendí a apreciar la humildad y a aprovecharla. Comía mis humildes patatas con buen apetito. No he querido llevar demasiado lejos mis humildes estudios, y me he dicho: «Sé terco». Usted me ofreció enseñarme latín; pero no soy tan tonto. Mi padre me decía siempre: «A las gentes les gusta dominar; baja la cabeza y déjales hacer». En este momento, por ejemplo, yo soy muy humilde, míster Copperfield; pero eso no impide que haya conseguido ya algún poder.
Todo lo que me decía (lo leía en su rostro a la claridad de la luna) era sencillamente para hacerme comprender que estaba decidido a servirse del poder aquel. Yo no había dudado nunca de su bajeza, su astucia y su malicia; pero únicamente entonces empecé a comprender todo lo que la larga violencia de su juventud había amontonado en venganza sin piedad en aquel alma vil y baja.
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