David Copperfield (Charles Dickens) - pág.430
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Me miró de reojo y me dijo con un horrible gesto:
-¿Se refiere usted a mi madre?
-Naturalmente.
-¡Ah, vamos! ¿Sabe usted? Somos tan humildes -repuso-; y como reconocemos nuestra humilde condición. estamos obligados a vigilar a los que no son humildes coma nosotros para que no nos pisoteen. En amor todas las estratagemas son buenas, Copperfield.
Y frotándose suavemente la barbilla con sus dos enormes manos, dejó oír un gruñido suave. Nunca había visto una criatura humana que se pareciera tanto a un mandril maligno.
-Porque usted -dijo, continuando acariciándose el rostro y moviendo la cabeza- es un rival peligroso, Copperfield, y siempre lo ha sido; reconózcalo.
-¡Cómo! ¿Es por este motivo por lo que monta usted la guardia en tomo a miss Wickfield y por lo que le quita toda libertad en su propia casa? -le dije.
-¡Oh míster Copperfield!; esas son palabras muy duras -replicó.
-Puede usted tomar mis palabras como le parezca; pero sabe usted mejor que yo lo que quiero decirle, Uriah.
-¡Oh, no!; tiene usted que explicármelo, porque no lo comprendo.
-¿Supone usted -le dije esforzándome, a causa de Agnes, en permanecer tranquilo-, supone usted que miss Wickfield es para mí otra cosa que una hermana tiernamente amada?
-Vamos, Copperfield; no estoy obligado a contestar a esa pregunta. Quizá sí, quizá no.
Nunca he visto nada comparable a la innoble expresión de aquel rostro, a aquellos ojos desguarnecidos, sin la sombra de una pestaña.
-Vamos, venga; por el amor de miss Wickfield...
-¡Mi Agnes! -exclamó en una contorsión angulosa y repugnante-. ¡Tenga la bondad de llamarla Agnes, míster Copperfield!
-Por el amor de Agnes Wickfield, que Dios bendiga...
-Le doy las gracias por ese deseo, míster Copperfield.
-Voy a decirle lo que en cualquier otra circunstancia antes se me hubiera ocurrido decírselo a... Jack Ketch.
-¿A quién, caballero? -dijo Uriah alargando el cuello y abrigando su oreja con la mano para oír mejor.
-Al verdugo -repuse-; es decir, a la última persona en quien se puede pensar... -y, sin embargo, hay que ser franco, era el rostro de Uriah el que me había sugerido aquella alusión-. Tengo novia. ¿Espero que eso le dejará satisfecho?
-¿Palabra de honor? -preguntó Uriah.
Iba a repetir mis palabras, con cierta indignación, cuando se apoderó de mi mano y la estrechó con fuerza.
-¡Oh míster Copperfield! Si me hubiera usted demostrado esta confianza cuando le revelé el estado de mi corazón, el día en que tanto le molesté durmiendo en su gabinete, nunca se me hubiera ocurrido dudar de usted. Puesto que es así, voy a despedir inmediatamente a mi madre, demasiado dichoso de poder darle esa prueba de confianza. Usted espero que dispensará las precauciones inspiradas por el afecto. ¡Qué lástima, míster Copperfield, que no se dignara usted devolverme confidencia por confidencia! Sin embargo, le he proporcionado muchas ocasiones. Pero usted nunca ha tenido por mí toda la benevolencia que yo hubiera deseado. ¡Oh no! Seguramente no me ha querido nunca como yo le quiero.
Mientras decía esto me estrechaba la mano entre sus dedos húmedos y viscosos.
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