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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.428

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-¿Tiene usted sitio para mí? -le pregunté.
-Yo estoy dispuesto, Copperfield; debía decir míster, pero el tratamiento de camarada se me viene a la boca -dijo Uriah-; estoy dispuesto a devolverle su antigua habitación si ello le resulta agradable.
-No, no -dijo míster Wickfield-; ¿para qué se va usted a molestar? Hay otra habitación, hay otra habitación.
-¡Oh! -repuso Uriah haciendo un gesto bastante feo-; pero si es que yo estaré encantado.
Por fin declaré que aceptaría la otra habitación y que si no me iría a hospedar fuera; en vista de ello se decidieron por la otra habitación. Me despedí de ellos y volví a subir.
Esperaba encontrar arriba a Agnes sola, como antes; pero mistress Heep le había pedido permiso para ir a sentarse con ella al lado de la chimenea, con el pretexto de que la habitación de Agnes estaba mejor situada. En el salón o en el comedor sufría horriblemente de su reúma. Yo con gusto y sin el menor remordimiento la hubiera expuesto a toda la furia del viento en el campanario de la catedral; pero había que hacer virtud de necesidad y le di los buenos días en tono amistoso.
-Le doy las gracias humildemente, caballero -dijo mistress Heep cuando le hube preguntado por su salud-; estoy así así; no tengo por qué envanecerme. Si pudiera ver a mi Uriah bien establecido, no pediría nada más, se lo aseguro. ¿Cómo ha encontrado usted a mi Uriah, caballero?
Le había encontrado tan horrible como de costumbre, y contesté que no le había encontrado cambiado.
-¡Ah! ¿No le encuentra usted cambiado? -dijo mistress Heep-. Le pido humildemente permiso para no ser de su opinión. ¿No le encuentra usted más delgado?
-Más que de costumbre, no -respondí.
-¿De verdad? -dijo mistress Heep-. Es porque usted no le ve con los ojos de una madre.
Los ojos de una madre me parecieron muy malos ojos para el resto de la humanidad cuando los dirigía hacia mí, por muy tiernos que fueran para su hijo. Creo que ella y su hijo se pertenecían exclusivamente el uno al otro.
Los ojos de mistress Heep, después de mirarme a mí, se fijaron en Agnes.
-Y usted, miss Wickfield, ¿no encuentra que ha cambiado mucho? -preguntó mistress Heep.
-No -dijo Agnes continuando tranquilamente su trabajo-. Se preocupa usted demasiado; está muy bien.
Mistress Heep resopló con toda su fuerza y continuó su labor.
No abandonó ni un momento ni a nosotros ni a su labor de punto. Yo había llegado a las doce y todavía faltaban muchas horas para la comida; pero no se movió. Estaba sentada a un lado de la chimenea y yo estaba en el pupitre frente al hogar, y Agnes al otro lado, no lejos de mí. Cada vez que levantaba la vista mientras escribía lentamente mi carta, veía delante de mí el rostro pensativo de Agnes, que me inspiraba valor con su dulce y angelical expresión; pero sentía al mismo tiempo los malos ojos que me miraban para clavarse después en Agnes y volver enseguida a mí, bajándose después hacia la media.


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