David Copperfield (Charles Dickens) - pág.427
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¡Qué agradecido estaba a Agnes! ¡Cómo la admiraba! Las veía a las dos en una encantadora perspectiva, unidas íntimamente, más encantadoras todavía una al lado de otra.
-¿Qué debo hacer, Agnes? -le pregunté después de haber contemplado el fuego-. ¿Qué me aconsejas que haga?
-Creo -dijo Agnes- que lo más correcto sería que escribieras a esas señoras. ¿Crees que los secretos merecen la pena?
-No, puesto que tú no lo crees -le dije.
-Yo soy mal juez en esas materias -respondió Agnes con un modesto titubeo-; pero me parece .... en una palabra, me parece que no sería digno de ti... recurrir a medios clandestinos.
-Tienes demasiada buena opinión de mí, Agnes, me temo.
-No sería digno de tu franqueza habitual -replicó-. Yo escribiría a esas dos señoras; les contaría todo lo más sencilla y francamente que me fuera posible y les pediría permiso para it alguna vez a su casa. Como eres joven y todavía no tienes una posición en el mundo, creo que harías bien en decirles que te someterás con gusto a todas las condiciones que te quieran imponer. Les rogaría que no rechazaran mi petición sin hablar de ella a Dora, cuando les pareciera oportuno. No me presentaría demasiado ardiente -dijo Agnes con dulzura- ni demasiado exigente; tendría fe en mi fidelidad, en mi constancia y en Dora.
-¡Pero si cuando le hablan de ello se asusta! ¿Y si vuelve a echarse a llorar sin querer hablar de mí?
-¿Es posible? -preguntó Agnes con el más afectuoso interés.
-¡Ya lo creo! ¡Se asusta como un pajarito! ¿Y si a las señoritas Spenlow no les parece correcto que me dirija a ellas? (Las solteronas son a veces tan extravagantes ...)
-No creo, Trotwood -dijo Agnes levantando con dulzura los ojos hacia mí-, que debas preocuparte demasiado por eso. Según mi opinión, vale más preguntarse si está bien hecho, y si está bien, no titubear.
No dudé más tiempo; me sentía el corazón más ligero, aunque con el peso profundo de la tremenda importancia de mi tarea, y me propuse dedicar la tarde a escribir la carta. Agnes me cedió su pupitre para que hiciera el borrador; pero antes bajé a ver a míster Wickfield y a Uriah Heep.
Encontré a Uriah instalado en un nuevo despacho, que exhalaba un olor a cal fresca. Lo había construido en el jardín. Nunca he visto un rostro tan innoble entre una cantidad tan grande de libros y papeles. Me recibió con su servilidad de costumbre, haciendo como que no había sabido por mister Micawber mi llegada, de lo que me atreví a dudar. Me condujo al gabinete de míster Wickfield, o mejor dicho a la sombra de su antiguo despacho, pues lo habían despojado de una multitud de comodidades en provecho del nuevo asociado. Míster Wickfield y yo nos saludamos mutuamente, mientras Uriah permanecía de pie delante del fuego frotándose la barbilla con su mano huesuda.
-¿Vivirá usted con nosotros, Trotwood, todo el tiempo que piense pasar en Canterbury? -dijo míster Wickfield, no sin lanzar a Uriah una mirada con que parecía pedir su aprobación.
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