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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.425

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Hay momentos, todo el mundo pasa por ellos, en que lo que decimos o hacemos creemos haberlo hecho y dicho ya en una época muy lejana y lo recordamos como si hubiéramos estado hace siglos rodeados de las mismas personas, de los mismos objetos, de los mismos incidentes; y sabemos perfectamente de antemano lo que nos van a decir después, como si nos volviese la memoria de pronto. Nunca había experimentado más vivamente aquel sentimiento misterioso que antes de oír las palabras de míster Micawber.
Le dejé pronto, rogándole que transmitiera mis recuerdos a su familia. Él volvió a coger la pluma y se frotó la frente como para reanudar su trabajo. Me daba cuenta de que había algo en sus nuevas funciones que enfriaban nuestra intimidad.
No había nadie en el viejo salón; pero mistress Heep había dejado las huellas de su paso. Abrí la puerta de la habitación de Agnes. Estaba sentada al lado del fuego y escribía ante su pupitre de madera tallada.
Levantó la cabeza para ver quién era. Y qué placer para mí observar la alegría que expresó al verme aquel rostro reflexivo, y ser recibido con tanto cariño y bondad.
-¡Ah! -le dije cuando nos sentamos uno al lado de otro- ¡Cuánta falta me has hecho, Agnes, desde hace cierto tiempo!
-¿De verdad? -me respondió- Pues no hace tanto que nos hemos separado.
Moví la cabeza.
-No sé en qué consiste, Agnes; pero es evidente que me falta alguna facultad que necesito. Me habías acostumbrado de tal modo a pensar por mí en los buenos tiempos; venía con tanta naturalidad a inspirarme en tus consejos y a buscar tu ayuda, que verdaderamente temo haber perdido el use de una facultad de la que no tenía necesidad a tu lado.
-¿Y cuál es? -dijo alegremente Agnes.
-No sé qué nombre darle -respondí-, pues creo que soy formal y perseverante.
-Estoy segura -dijo Agnes.
-Y paciente, Agnes -repuse titubeando.
-Sí -dijo Agnes, riendo-; bastante paciente.
-Y, sin embargo, soy algunas veces tan desgraciado y estoy tan inquieto, tan indeciso, tan incapaz de tomar una decisión, que evidentemente me falta, ¿cómo diríamos?..., me falta un punto de apoyo.
-Puede que sí -dijo Agnes.
-Mira -repuse-; no tienes más que verte a ti misma. Vienes a Londres, me dejo guiar por ti: al momento encuentro un objeto y una dirección. Se me escapa ese objeto, y vengo aquí: pues enseguida soy otro hombre. Las circunstancias que me afligían no han cambiado desde que he entrado en esta habitación; sin embargo, he sufrido ya una influencia que me transforma, que me hace mejor. ¿Qué es eso, Agnes? ¿Cuál es tu secreto?
Tenía la cabeza inclinada y los ojos fijos en el fuego.
-Es siempre la misma historia -le dije- No te rías porque te diga ahora, para las grandes cosas, las mismas palabras que antes para las pequeñas. Mis antiguas penas eran chiquilladas, y hoy son cosas serias; pero todas las veces que he abandonado a mi hermana adoptiva.


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