David Copperfield (Charles Dickens) - pág.423
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Pero después de estas digresiones pasemos a Dover.
Encontré todo en un estado muy satisfactorio y pude halagar la pasión de mi tía contándole que su inquilino había heredado sus antipatías y hacía una guerra encarnizada a los asnos. Pasé una noche en Dover para arreglar algunos asuntillos, y al día siguiente muy temprano me dirigí a Canterbury. Estábamos en invierno; el tiempo fresco y el viento fuerte reanimaron un poco mi espíritu.
Erraba lentamente a través de las antiguas calles de Canterbury con una alegría tranquila, que me serenaba el corazón. Volví a ver las muestras de las tiendas, los nombres, las caras conocidas. Me parecía que hacía tanto tiempo que había estado en el colegio en aquella ciudad, que no hubiera podido comprender cómo había cambiado tan poco, si no hubiera pensado en lo poco que también había cambiado yo. Lo que es extraño es que la influencia dulce y tranquila que ejercía sobre mí el pensamiento de Agnes parecía extenderse sobre el lugar en que habitaba. Encontraba en todo una serenidad, una apariencia tan tranquila y pensativa en las torres de la venerable catedral como en los viejos cuervos, cuyos gritos lúgubres parecían dar a los edificios antiguos una sensación de soledad mayor de lo que hubiera podido hacerlo un silencio absoluto; también la había en las puertas en ruinas, antes decoradas con estatuas y hoy reducidas a polvo. Tanto en los peregrinos respetuosos que les rendían homenaje, como en los nichos silenciosos donde la hiedra centenaria trepaba hasta el tejado a lo largo de los muros de las casas viejas; y como el paisaje campestre, todo parecía llevar en sí, como Agnes, el espíritu de tranquila inocencia, bálsamo soberano para un alma inquieta.
Llegado a la puerta de míster Wickfield me encontré a míster Micawber, que dejaba correr su pluma con la mayor actividad en la habitacioncita del primer piso, donde antes solía estar Uriah Heep. Estaba todo vestido de negro y su maciza persona llenaba por completo el pequeño despacho donde trabajaba.
Míster Micawber parecía a la vez encantado y confuso de verme. Quería llevarme inmediatamente a ver a Uriah; pero yo me negué.
-Conozco esta casa de antigua fecha -le dije- y sabré encontrar mi camino. ¡Y bien! ¿Qué dice usted del Derecho, míster Micawber?
-Mi querido Copperfield -me respondió-, para un hombre dotado de una imaginación trascendental, los estudios del Derecho tienen un lado muy malo; le ahogan en los detalles. Hasta en nuestra correspondencia de negocios -dijo míster Micawber lanzando una mirada sobre las cartas que escribía-, el espíritu no tiene la libertad de tomar la expresión sublime que le satisfaría. A pesar de eso, es un gran trabajo, ¡un gran trabajo!
Me dijo enseguida que era inquilino en la antigua casa de Uriah Heep, y que mistress Micawber estaría encantada de recibirme una vez más bajo su techo.
-Es una casa humilde -dijo míster Micawber-, para servirme de la expresión favorita de mi amigo Heep; pero quizá nos sirva de estribo para elevarnos a otras más ambiciosas.
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