David Copperfield (Charles Dickens) - pág.422
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Después el difundo socio los había animado renovando con una infusión de sangre joven la vieja rutina del estudio y les había dado algo de brillo con su tren de vida; pero aquello no reposaba sobre bases bastante sólidas para que la muerte repentina de su principal director no lo quebrantara. Los negocios disminuyeron sensiblemente. Míster Jorkins, a pesar de la reputación que tenía entre nosotros, era un hombre débil e incapaz, y su reputación, de puertas a fuera, no era lo bastante fuerte. Desde la muerte de míster Spenlow yo estaba colocado a su lado, y cada vez que le veía tomar tabaco e interrumpir el trabajo sentía más las mil libras de mi tía.
Y no era este el mayor mal. Había en el Tribunal de Doctores una cantidad de desocupados que, sin ser procuradores, se apoderaban de gran parte de los negocios, para hacerlos ejecutar enseguida por verdaderos procuradores, dispuestos a prestar sus nombres a cambio de una parte del dinero. Como necesitábamos negocios a toda costa, nosotros nos asociamos a aquella noble corporación y tratamos de atraerlos. Lo que pedían sobre todo, por ser lo que más producía, eran las autorizaciones de matrimonio o las actas probatorias para validez de testamento; pero todos querían obtenerlos, y la competencia era tanta, que se ponían de plantón a la entrada de las galerías que conducían al Tribunal enviados encargados de atraerse a los despachos respectivos a todas las personas de luto y a todos los jóvenes inexpertos. Estas instrucciones eran tan fielmente ejecutadas, que dos veces, a pesar de lo conocido que era, fui « raptado» para el estudio de nuestro más temible rival. Los intereses contrarios de aquellos reclutadores modernos solían terminar en combates cuerpo a cuerpo, y nuestro principal agente, que había empezado por el comercio de vinos al por menor, dio en el mismo Tribunal el escandaloso espectáculo, durante algunos días, de tener un ojo negro. Estos virtuosos personajes no tenían el menor escrúpulo, cuando ofrecían la mano para que bajara del coche a alguna anciana señora de luto, de matar de golpe al procurador por quien preguntaba, presentando a su patrón como legítimo sucesor del difunto y llevando en triunfo a la anciana, a veces todavía conmovida por la noticia que acababan de darle. Así me llevaron a mí muchos prisioneros. En cuanto a las autorizaciones de matrimonio, la competencia era tan formidable, que un pobre señor tímido que venía con ese objeto hacia nosotros no tenía mejor cosa que hacer que abandonarse al primer agente que se le presentase si no quería ser causa de guerra y presa del vencedor. Uno de estos empleados en esta especialidad no abandonaba nunca su sombrero cuando estaba sentado, con objeto de estar siempre dispuesto a lanzarse sobre las víctimas que apareciesen en el horizonte. Aquel sistema de persecución todavía está en vigor, según creo. La última vez que yo fui a «Doctors Commons» , un hombre muy educado, revestido de un delantal blanco, me saltó encima bruscamente, murmurando a mi oído las palabras sacramentales: « ¿Una autorización de matrimonio?», y con gran trabajo le impedí que me llevara en brazos al estudio de un procurador.
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