David Copperfield (Charles Dickens) - pág.421
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Se busca por todas partes. J. no aparece.- D. llora amargamente, está inconsolable- Nueva alusión a una joven gacela, a propósito, pero sin efecto.- Por la tarde un muchacho desconocido se presenta. Le hacen entrar al salón. Tiene la nariz grande, pero las piernas derechas. Pide una guinea por un perro que ha encontrado. Se niega a explicarse más claramente. D. le da la guinea; lleva a la cocinera a una casita donde se encuentra el perro atado al pie de un mesa.- Alegría de D., que baila alrededor de J. mientras come.-Animada por este dichoso cambio, hablo de D. C. cuando estamos en el primer piso.- D. vuelve a ponerse a sollozar: « ¡Oh, no, no; no debo pensar más que en mi papá! ».- Abraza a J. y se duerme llorando.- (¿No debe confiar D. C. en las vastas alas del tiempo?-J. M.)»
Miss Mills y su diario eran entonces mi único consuelo. En mi pena, el único recurso era verla (ella acababa de estar con Dora) y encontrar la inicial de Dora en cada línea de aquellas páginas llenas de simpatía, aumentando así mi dolor. Me parecía que hasta entonces había vivido en un castillo de naipes que acababa de derribarse, dejándonos a miss Mills y a mí en medio de sus ruinas. Me parecía que un horrible mago había rodeado a la divinidad de mi corazón de un círculo mágico, y que las alas del tiempo, aquellas alas que llevan tan lejos a tantas criaturas humanas, podrían únicamente ayudarme a franquearlo.
CAPÍTULO XIX
WICKFIELD Y HEEP
Mi tía supongo que empezó a preocuparse seriamente por mi abatimiento prolongado, a ideó enviarme a Dover con el pretexto de ver si todo iba bien en su casita, que había alquilado, y con objeto de renovar el alquiler con el inquilino actual. Janet había entrado al servicio de mistress Strong, donde la veía todos los días. Había estado indecisa, al dejar Dover, respecto a si confirmaría o denegaría de una vez el renunciamiento desdeñoso por el sexo masculino que había sido el fundamento de su educación. Se trataba de casarse con un piloto. Pero no quiso exponerse, menos, sin embargo, en honor del principio en sí mismo que porque el piloto no la acabara de gustar.
Aunque me costaba trabajo dejar a miss Mills, me parecieron bastante bien las intenciones de mi tía; aquello me proporcionaría el placer de pasar unas cuantas horas tranquilas al lado de Agnes. Consulté al doctor para saber si podría ausentarme tres días, y me aconsejó que estuviera más tiempo fuera; pero me interesaba demasiado mi trabajo para tomarme unas vacaciones muy largas. Por fin me decidí a partir.
En cuanto a mi oficina del Tribunal de Doctores, no tenía por qué preocuparme del trabajo. A decir verdad, no estábamos en olor de santidad entre los procuradores de primer vuelo; es más, habíamos caído casi en una situación equívoca. Los negocios en tiempos de míster Jorkins, antes de míster Spenlow, no habían sido muy brillantes.
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