David Copperfield (Charles Dickens) - pág.418
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En la confusión de aquel estado de ánimo (espero no haber sido el único que lo ha sentido así y que otros podrán comprenderlo) fui aquella misma tarde a Norwood. Supe por un criado que miss Mills había llegado; le escribí una carta haciendo poner la dirección a mi tía. Deploraba de todo corazón la muerte tan inesperada de míster Spenlow, y al escribirla vertía lágrimas. Le suplicaba que dijera a Dora, si estaba en estado de oírla, que me había tratado con bondad, con una benevolencia infinita, y que el nombre de su hija lo había pronunciado con la mayor ternura, sin la sombra de un reproche. Sé que también aquello era puro egoísmo por nú parte. Era un medio de hacer llegar mi nombre a ella; pero yo trataba de convencerme de que era un acto de justicia hacia su memoria. Y quizá lo creía.
Mi tía recibió al día siguiente algunas líneas en respuesta; estaba dirigida a ella, pero la carta era para mí. Dora estaba agobiada de dolor, y cuando su amiga le había preguntado si seguía amándome, había exclamado llorando, pues lloraba sin interrupción: «¡Oh, mi querido papá, mi pobre papá! »; pero no había dicho que no, lo que me causó el mayor placer.
Míster Jorkins vino a las oficinas algunos días después. Había permanecido en Norwood desde el suceso. Tiffey y él estuvieron encerrados juntos durante algún tiempo; después Tiffey abrió la puerta y me hizo seña de que entrara.
-¡Oh míster Copperfield! -dijo míster Jorkins-. Míster Tiffey y yo vamos a examinar el pupitre, los cajones y todos los papeles del difunto, para poner el sello sobre sus papeles personales y buscar su testamento. No encontrarnos huellas en ninguna parte. ¿Quiere tener la bondad de ayudarnos?
Desde el suceso estaba muy preocupado, pensando en qué situación se quedaría mi Dora, quién sería su tutor, etc., y la proposición de míster Jorkins me daba ocasión de disipar mis dudas. Nos pusimos todos a ello. Míster Jorkins abría los pupitres y los cajones, y nosotros sacábamos todos los papeles. Pusimos a un lado los de la oficina y a otro los que eran personales del difunto, que no eran numerosos. Todo se hizo con la mayor gravedad; y cuando nos encontrábamos un sello o un guardapuntas, o una sortija o cualquier otro objeto menudo de use personal, bajábamos instintivamente la voz.
Habíamos sellado ya muchos paquetes, y continuábamos, en medio del silencio y del polvo, cuando míster Jorkins me dijo, sirviéndose exactamente de los términos en que su asociado, míster Spenlow, nos había hablado de él:
-Míster Spenlow no era hombre que se dejara fácilmente desviar de las tradiciones y de los caminos ya hechos. Usted lo conocía. ¡Pues bien! Yo creo que no ha hecho testamento.
-¡Oh, estoy seguro de lo contrario! -dije.
Los dos se detuvieron para mirarme.
-El día que le vi por última vez -repuse- me dijo que había hecho un testamento y que tenía ordenados sus asuntos desde hace mucho tiempo.
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