David Copperfield (Charles Dickens) - pág.416
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Releyendo mi carta antes de confiársela a un muchacho, no pude por menos de encontrarle mucho parecido con el estilo de míster Micawber.
A pesar de todo, la envié. Y por la tarde me dirigí hacia casa de miss Mills y paseé en todos los sentidos la calle hasta que una criada vino a avisarme que la siguiera por un camino disimulado. Después he tenido razones para creer que no había ningún motivo para que no entrara por la puerta principal, y hasta para que me recibiera en el salón, si no fuera porque a miss Mills le gustaba todo lo que tenía aspecto de misterio.
Una vez en la antecocina, me abandoné a mi desesperación. Si había ido con la intención de ponerme en ridículo, estoy seguro de haberlo conseguido. Miss Mills había recibido de Dora cuatro letras escritas deprisa, donde le decía que todo se había descubierto. Añadía: «¡Oh, ven conmigo, Julia; te lo suplico! ». Pero miss Mills no había podido todavía ir a verla, ante el temor de que su visita no fuera del gusto de las autoridades superiores; estábamos todos como viajeros perdidos en el desierto de Sahara.
Miss Mills tenía una prodigiosa volubilidad y se complacía en ella. Yo no podía por menos de darme cuenta, mientras mezclaba sus lágrimas con las mías, que nuestras aflicciones eran para ella una diversión. Las mimaba, si puedo decirlo así, para su propio bien. Me hacía observar que un abismo inmenso se acababa de abrir entre Dora y yo y que sólo el amor podía atravesarlo con su arco iris. El amor existía para sufrir en este bajo mundo; esto había sido siempre y continuaría siendo. « ¡No importa -añadía-. Los corazones no se dejan encadenar largo tiempo por esas telas de araña; sabrán romperlas, y el amor será vengado! »
Todo esto no era muy consolador; pero miss Mills no quería animar esperanzas engañosas. Me dejó más desconsolado de lo que había ido, lo que no me impidió decirle (y, lo que es más fuerte, lo pensaba) que le estaba profundamente agradecido y que estaba convencido de que era verdaderamente nuestra amiga. Decidió que al día siguiente por la mañana iría a ver a Dora y que intentaría algún medio de asegurarle, fuera por una palabra o por una mirada, todo mi afecto y toda mi desesperación. Nos separamos destrozados de dolor. ¡Qué contenta debía de estar miss Mills!
Al llegar a casa de mi tía se lo conté todo, y a pesar de todo lo que me dijo me acosté desesperado, me levanté desesperado y salí desesperado.
Era sábado por la mañana; me dirigí inmediatamente a mi oficina, y me sorprendió mucho al llegar ver a los empleados de caja delante de la puerta y charlando entre sí. Algunos transeúntes miraban por las ventanas, que estaban todas cerradas. Yo avivé el paso y, sorprendido de lo que veía, entré presuroso.
Los empleados estaban en su puesto, pero nadie trabajaba. El viejo Tiffey estaba sentado, quizá por primera vez en su vida, en la silla de uno de sus colegas, y ni siquiera había colgado su sombrero.
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