David Copperfield (Charles Dickens) - pág.415
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Tenía exactamente la misma cara de antes, cuando en nuestro saloncito de Bloonderstone recitaba mis lecciones en su presencia. Con un poco de buena voluntad hubiera podido creer que el peso que me oprimía el corazón era todavía aquel abominable alfabeto con sus viñetas ovaladas, que yo comparaba en mi infancia a los cristales de los lentes.
Cuando llegué a la oficina oculté el rostro entre las manos, y allí, delante de mi pupitre, sentado en mi rincón, sin ver al viejo Tiffey ni a mis otros camaradas, me puse a reflexionar en el terremoto que acababa de tener lugar bajo mis pies; y en la amargura de mi alma maldecía a Jip, y estaba tan preocupado por Dora, que todavía me pregunto cómo no cogí el sombrero para dirigirme como un loco hacia Norwood. La idea de que la harían sufrir, de que la harían llorar y de que yo no estaba allí para consolarla se me hizo tan odiosa, que me puse a escribir una carta insensata a míster Spenlow, donde le suplicaba que no hiciera pesar sobre ella las consecuencias de mi cruel destino. Le suplicaba que evitara los sufrimientos a aquella dulce naturaleza; que no rompiera una flor tan frágil. En resumen, si no recuerdo mal, le hablaba como si en lugar de ser el padre de Dora fuera un ogro. La cerré y la coloqué encima de su pupitre antes de que volviera. Cuando entró, le vi por la puerta entreabierta de su despacho coger la carta y abrirla.
Aquella mañana no me habló de ella; pero por la tarde, antes de marcharse, me llamó y me dijo que no necesitaba preocuparme por la felicidad de su hija. Le había dicho sencillamente que era una tontería, y no pensaba volverle a hablar de ello. Se creía un padre indulgente (y tenía razón) y no tenía ninguna necesidad de preocuparme por aquello.
-Podría usted obligarme con su locura o su obstinación, míster Copperfield -añadió-, a alejar durante algún tiempo a mi hija de mi lado; pero tengo de usted mejor opinión. Espero que dentro de unos días sea más razonable. En cuanto a miss Murdstone (pues había hablado de ella en mi carta), respeto la vigilancia de esa señora y se la agradezco; pero le he recomendado expresamente que evite ese asunto. La única cosa que deseo, míster Copperfield, es no volver a ocuparme de él. Lo único que tiene usted que hacer es olvidarlo.
¡Lo único que tenía que hacer! En una carta que escribí a miss Mills subrayaba esta palabra con amargura. ¡Lo único que tenía que hacer, decía con sombrío sarcasmo, era olvidar a Dora! ¡Aquello era lo único! ¡Como si no fuera nada! Suplicaba a miss Mills que me recibiera aquella misma tarde. Si no podía consentirlo, le pedía que me recibiera a hurtadillas en la habitación de detrás, donde se planchaba. Le decía que mi razón peligraba y que ella era la única que podía hacerme volver en sí. Terminaba, en mi locura, por decirme suyo para siempre, con mi firma al final.
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