David Copperfield (Charles Dickens) - pág.414
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Le respondí con precipitación que esperaba que si un amor apasionado me había hecho cometer un error, no me supondría por ello un alma vil a interesada.
-No me refiero a eso -dijo míster Spenlow-. Más valdría, por usted y por nosotros, míster Copperfield, que fuera usted un poco más interesado, quiero decir más prudente y menos fácil de arrastrar a las locuras de la juventud; pero, se lo repito desde otro punto de vista, usted sabe que tengo algo que dejar a mi hija.
Respondí que lo suponía.
-¿Y no creerá usted que en presencia de los ejemplos que se ven aquí todos los días en este Tribunal de la extraña negligencia de los hombres para sus decisiones testamentarias, pues es quizá el caso en que se encuentran más extrañas revelaciones de la ligereza humana, no creerá que no he tomado ya mis medidas?
Incliné la cabeza en señal de asentimiento.
-No consentiré -dijo míster Spenlow balanceándose alternativamente en la punta de los pies y en los talones, mientras movía lentamente la cabeza como para dar más fuerza a sus piadosas observaciones-, no consentiré que las disposiciones que he creído deber tomar respecto a mi hija sean modificadas en nada por una locura de juventud, pues es una verdadera locura; digamos la palabra, una tontería. Dentro de algún tiempo eso pesará menos que una pluma. Pero será posible, sin embargo..., podría suceder... que si esta tontería no fuese abandonada por completo me viera obligado, en un momento de ansiedad, a tomar mis precauciones para anular las consecuencias de un matrimonio imprudente. Espero, míster Copperfield, que usted no me obligará a abrir ni por un cuarto de hora esta página cerrada en el libro de la vida ni a desarreglar ni por un cuarto de hora graves asuntos que están en regla desde hace mucho tiempo.
Había en todas sus maneras una serenidad, una tranquilidad, una calma que me afectaban profundamente. Estaba tan tranquilo y tan resignado después de haber puesto en orden sus asuntos y arreglado sus últimas disposiciones como si fueran un papel de música, que se veía que él mismo no podía pensar en ello sin conmoverse. Hasta creo haber visto subir desde el fondo de su sensibilidad, a este pensamiento, algunas lágrimas involuntarias a sus ojos.
Pero ¿qué hacer? Yo no podía faltar a Dora ni a mi propio corazón. Me dijo que me daba una semana para reflexionar. ¿Podía yo contestar que no quería reflexionar durante una semana? Pero también ¿no debía yo estar convencido de que todas las semanas del mundo no cambiarían en nada la violencia de mi amor?
-Hará usted bien hablando de ello con miss Trotwood o con alguna otra persona que conozca la vida -me dijo mister Spenlow enderezando su corbata-. Le doy a usted una semana, míster Copperfield.
Me sometí y me retiré dando a mi fisonomía una expresión de abatimiento desesperado, que demostraba no podía cambiar nada mi inquebrantable constancia. Las cejas de miss Murdstone me acompañaron hasta la puerta; digo sus cejas mejor que sus ojos, porque ocupaban mucho más sitio en su rostro.
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