David Copperfield (Charles Dickens) - pág.413
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-Muy poco, caballero, lo siento -respondí en tono humilde y triste-; pero le ruego que crea que no ha desconocido mi propia situación en el mundo. Cuando le he hablado el otro día ya estábamos prometidos.
-Le ruego que no pronuncie esa palabra delante de mí, míster Copperfield.
Y, en medio de mi desesperación, no pude por menos observar que era completamente polichinela por el modo con que se golpeaba las manos una contra otra con la mayor energía.
La inmóvil miss Murdstone dejó oír una risita seca y desdeñosa.
-Cuando le he explicado el cambio de mi situación, caballero -repuse queriendo cambiar la palabra que le había molestado-, había ya, por mi culpa, un secreto entre miss Spenlow y yo. Desde que me situación ha cambiado he luchado, he luchado todo lo posible por mejorar, y estoy seguro de conseguirlo un día. ¿Quiere usted darme tiempo? ¡Somos tan jóvenes los dos, caballero!
-Tiene usted razón -dijo míster Spenlow bajando muchas veces la cabeza y frunciendo las cejas-,son ustedes muy jóvenes. Todo esto no son más que tonterías, que tienen que terminar. Coja usted esas cartas y quémelas. Devuélvame las de miss Spenlow, y yo las quemaré por mi parte. Y como en el futuro tendremos que vernos aquí y en el Tribunal, es cosa convenida que no volveremos a hablar de ello. Veamos, míster Copperfield; no le falta a usted inteligencia, y comprenderá que es la única cosa razonable que puede hacer.
No, yo no podía ser de aquella opinión. Lo sentía mucho; pero había una consideración que era más fuerte que la razón. El amor pasa por encima de todo, y yo quería a Dora con locura, y ella a mí también. No se lo dije precisamente en esos términos; pero se lo di a entender, y estaba muy decidido. No me importaba saber si estaría haciendo en todo aquello un papel ridículo, pero estaba bien decidido.
-Muy bien, míster Copperfield -dijo míster Spenlow-, utilizaré mi influencia con mi hija.
Miss Murdstone dejó oír un sonido expresivo, una larga aspiración, que no era un suspiro ni un gemido, pero que participaba de las dos cosas, como para hacer comprender a míster Spenlow que por ahí debía haber empezado.
-Utilizaré toda mi influencia con mi hija -dijo Spenlow envalentonado por aquella aprobación-. ¿Se niega usted a coger esas cartas, míster Copperfield?
Yo había puesto el paquete encima de la mesa.
Sí me negaba, y esperaba que me dispensara; pero me resultaba imposible recibir aquellas cartas de las manos de miss Murdstone.
-¿Ni de las mías? -dijo míster Spenlow.
-Tampoco -respondí con el más profundo respeto.
-Muy bien -dijo míster Spenlow.
Hubo un momento de silencio. Yo no sabía si debía continuar allí o marcharme. Por fin me dirigí tranquilamente hacia la puerta, con intención de decirle que creía responder a sus sentimientos retirándome; pero me detuvo para decirme con expresión grave, hundiendo las manos en los bolsillos de su gabán, aunque apenas si las podía hacer entrar:
-¿Usted probablemente sabe, míster Copperfield, que no estoy absolutamente desprovisto de bienes materiales y que mi hija es mi pariente más cercana y querida?
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