David Copperfield (Charles Dickens) - pág.412
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-Miss Spenlow -continuó miss Murdstone- trató corromperme a fuerza de besos, de cestitas de labor, de alhajitas, de regalos de todas clases. Yo no le hice caso. El perro corrió a refugiarse debajo del diván, y me costó mucho trabajo hacerle salir con ayuda de las tenazas. Una vez fuera seguía con la carta en la boca, y cuando traté de arrancársela, con peligro de que me mordiera, tenía el papel tan apretado entre los dientes, que todo lo que pude hacer fue levantar al perro en el aire detrás de aquel precioso documento. Sin embargo, terminé por apoderarme de él. Después de haberlo leído le dije a miss Spenlow que debía de tener en su poder otras cartas de la misma naturaleza, y por fin obtuve de ella el paquete que está ahora entre las manos de David Copperfield.
Se calló, y después de haber cerrado su bolso, cerró la boca, como una persona resuelta a dejarse despedazar antes que doblegarse.
-Acaba usted de oír a miss Murdstone -dijo míster Spenlow volviéndose hacia mí-. Deseo saber, míster Copperfield, si tiene usted algo que decir.
El cuadro presente ante mí del hermoso tesoro de mi corazón llorando y sollozando toda la noche; la idea de que estaba sola, asustada, desgraciada, o de que había suplicado en vano a aquella mujer de piedra que la perdonara, y ofreciéndole en vano sus besos, sus estudios de labor y sus joyas, y, en fin, que todo aquello era por mi culpa, me hacía perder la poca dignidad que hubiera podido demostrar, y temblaba de tal modo de emoción que dudo si conseguí ocultarlo.
-No tengo nada que decir, caballero, a no ser que soy el único culpable... Dora...
-Miss Spenlow, si hace el favor -repuso su padre con majestad...
-... ha sido arrastrada por mí -continué, sin repetir después de míster Spenlow aquel nombre frío y ceremonioso para prometerme ocultarle nuestro afecto, y lo siento amargamente.
-Ha hecho usted muy mal, caballero -me dijo míster Spenlow paseándose de arriba abajo por el tapiz y gesticulando con todo el cuerpo, en lugar de mover únicamente la cabeza, a causa de la tiesura combinada de su corbata y de su espina dorsal-. Ha cometido usted un acto fraudulento e inmoral, míster Copperfield. Cuando yo recibo en mi casa a un «caballero», tenga diecinueve, veinte a ochenta años, le recibo con plena confianza. Si abusa de mi confianza, comete un acto innoble, míster Copperfield.
-Demasiado lo veo ahora, caballero; puede usted estar seguro; pero antes no me lo parecía. En realidad, míster Spenlow, con toda la sinceridad de mi corazón, antes no me lo parecía, ¡la quiero de tal modo, míster Spenlow...!
-Vamos, ¡qué tontería! -dijo míster Spenlow enrojeciendo-. ¿Va ahora a decirme en mi cara lo que quiere a mi hija, míster Copperfield?
-Pero, caballero, ¿cómo podría disculparme si no fuera así? -respondí en tono humilde.
-¿Y cómo puede usted defender su conducta siendo así? -dijo míster Spenlow deteniéndose bruscamente- ¿Ha reflexionado usted en su edad y en la edad de mi hija, míster Copperfield? ¿Sabe usted lo que ha hecho destruyendo la confianza que debía existir entre mi hija y yo? ¿Ha pensado usted en la posición que mi hija ocupa en el mundo, en los proyectos que puedo yo haber formado para su porvenir, en las intenciones que pueda expresar en su favor en mi testamento? ¿Ha pensado usted en todo esto, míster Copperfield?
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