David Copperfield (Charles Dickens) - pág.411
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Cogí el paquete con un sentimiento de desolación; y viendo con una ojeada en el encabezamiento de las páginas: «Mi adorada Dora, mi ángel querido, mi querida pequeña», enrojecí profundamente y bajé la cabeza.
-No, gracias -me dijo fríamente míster Spenlow, pues le alargaba maquinalmente el paquete de cartas-. No quiero privarle de ellas. Miss Murdstone, tenga la bondad de continuar.
Aquella amable criatura, después de reflexionar un momento con los ojos fijos en la alfombra, contó lo siguiente muy secamente:
-Debo confesar que desde hace algún tiempo tenía mis sospechas respecto a miss Spenlow en lo concerniente a míster Copperfield, y no perdía de vista a miss Spenlow ni a David Copperfield. La primera vez que se vieron, la impresión que saqué ya no fue agradable. La depravación del corazón humano es tal...
-Le agradeceré, señora -interrumpió míster Spenlow-, que se limite a relatar los hechos.
Miss Murdstone bajó los ojos, movió la cabeza como para protestar contra aquella interrupción inconveniente, y después repuso, con aire de dignidad ofendida:
-Puesto que debo limitarme a relatar los hechos, lo haré con la mayor brevedad posible. Decía, caballero, que desde hacía algún tiempo tenía mis sospechas sobre miss Spenlow y sobre David Copperfield. He tratado a menudo, pero en vano, de encontrar la prueba decisiva. Es lo que me ha impedido confiárselo al padre de miss Spenlow (y lo miró con severidad). Sabía que en semejantes casos se está muy poco dispuesto a creer con benevolencia a los que cumplen fielmente su deber.
Míster Spenlow parecía aplastado por la noble severidad del tono de miss Murdstone a hizo con la mano un gesto conciliador.
-A mi regreso a Norwood después de haberme ausentado para el matrimonio de mi hermano -prosiguió mi Murdstone en tono desdeñoso-, creí observar que la conducta de miss Spenlow, igualmente de regreso de una visita su amiga miss Mills, que su conducta, repito, daba más fundamento a mis sospechas, y la vigilé más de cerca.
Mi pobre, mi querida Dorita, ¡qué lejos estaba de sospechar que aquellos ojos de dragón estaban fijos en ella!
-Sin embargo -prosiguió miss Murdstone-, únicamente ayer por la noche adquirí la prueba decisiva. Yo opinaba que miss Spenlow recibía demasiadas cartas de su amiga miss Mills; pero como era con el pleno consentimiento de su padre (una nueva mirada muy amarga a míster Spenlow), yo no tenía nada que decir. Puesto que no se me permite aludir a la depravación natural del corazón humano al menos se me permitirá hablar de una confianza excesiva mal colocada.
-Está bien -murmuró míster Spenlow como apología
-Ayer por la tarde -repuso miss Murdstone- acabábamos de tornar el té, cuando observé que el perrito corría, saltaba y gruñía en el salón, mordiendo algo. Le dije a mi Spenlow: «Dora, ¿qué es ese papel que tiene el perro en boca?». Miss Spenlow palpó inmediatamente su cinturó lanzó un grito y corrió hacia el perro. Yo la detuve diciendo «Dora, querida mía, permíteme... ». « ¡Oh, Jip, miserable perrillo, tú eres el autor de tanto infortunio! »
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