David Copperfield (Charles Dickens) - pág.410
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No tenía otra cosa que hacer que volver a ponerme valientemente a la tarea. Era duro, pero empecé, a pesar de mi fastidio, a recorrer de nuevo laboriosa y metódicamente el camino que ya había andado, marchando a pasos de tortuga, deteniéndome para examinar minuciosamente el menor signo, y haciendo esfuerzos desesperados para descifrar aquellos caracteres pérfidos en cualquier parte que los encontrase. Era muy exacto en mi oficina, muy exacto con el doctor; en fin, trabajaba como un verdadero caballo de alquiler.
Un día que me dirigía al Tribunal de Doctores, como de costumbre, me encontré en el umbral de la puerta a míster Spenlow muy serio y hablando solo. Como se quejaba a menudo de dolores de cabeza y tenía el cuello muy corto y los cuellos de las camisas muy tiesos, en el primer momento creí que le habría atacado un poco al cerebro; pero pronto me tranquilicé sobre aquel punto.
En lugar de contestarme a mi «Buenos días, caballero» con su amabilidad acostumbrada, me miró de un modo altanero y ceremonioso y me indicó fríamente que le siguiera a cierto café que en aquel tiempo daba al Tribunal por el pequeño arco al lado del cementerio de Saint Paul. Yo le obedecí muy turbado; me sentía cubierto de un sudor frío, como si todos mis temores fueran a parar a la piel. Andaba delante de mí, pues el sitio era muy estrecho, y la manera de llevar la cabeza no me presagiaba nada bueno. Sospeché que había descubierto mis sentimientos por mi querida pequeña Dora.
Si no lo hubiera adivinado mientras le seguía hacia el café de que he hablado no habría podido dudar mucho tiempo de lo que se trataba cuando, después de subir a una habitación del primer piso, me encontré con miss Murdstone, apoyada en una especie de mostrador, donde estaban alineadas varias garrafas conteniendo limones y dos de esas cajas extraordinarias completamente llenas de hendeduras donde antiguamente se clavaban los cuchillos y los tenedores, pero que, felizmente para la Humanidad, ahora están obsoletas.
Miss Murdstone me tendió sus uñas glaciales y se volvió a sentar con la expresión más austera. Míster Spenlow cerró la puerta, me indicó que me sentara y se puso de pie delante de la chimenea.
-Tenga la bondad, miss Murdstone -dijo míster Spenlow-, de enseñar a míster Copperfield lo que lleva usted en el portamonedas.
Creo verdaderamente que era el mismo bolso con cierre de acero que le conocía desde mi infancia. Con los labios tan apretados como el cierre, miss Murdstone empujó el resorte, entreabrió un poco la boca al mismo tiempo y sacó de su bolso mi última carta a Dora, toda llena de las expresiones más tiernas de afecto.
-Creo que es su letra, míster Copperfield -dijo míster Spenlow.
Tenía la frente ardiendo, y la voz que sonaba en mis oídos no se parecía siquiera a la mía cuando respondí:
-Sí, señor.
-Si no me equivoco -dijo míster Spenlow mientras miss Murdstone sacaba de su bolso un paquete de cartas atado con una preciosa cintita azul-, ¿estas cartas también son de su mano, míster Copperfield?
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