David Copperfield (Charles Dickens) - pág.409
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¡Dora, áncora fiel de mi barca, agitada por la tempestad! Cada adelanto en el sistema me parecía una encina nudosa que había derribado en el bosque de las dificultades, y me proponía derribarlas una tras otra con un redoblamiento de energía; tanto, que al cabo de cuatro meses me creí en estado de intentar una prueba con uno de nuestros oradores del Tribunal. Nunca olvidaré que mi orador se había ya vuelto a sentar antes de que yo hubiera empezado siquiera y que mi lápiz se retorcía encima del papel como si tuviera convulsiones.
Aquello no podía ser; era evidente que había aspirado a demasiado; había que conformarse con menos. Corrí a ver a Traddles para que me aconsejara, y me propuso dictarme discursos despacio, deteniéndose de vez en cuando para facilitarme la cosa. Acepté su ofrecimiento con la mayor gratitud, y todas las noches, durante mucho tiempo, tuvimos en Buckingham Street una especie de Parlamento privado cuando volvía de casa del doctor.
Me gustaría ver en algún sitio un Parlamento semejante. Mi tía y míster Dick representaban el Gobierno o la oposición (según las circunstancias), y Traddles, con ayuda del Orador de Enfielfi o de un tomo de Los debates parlamentarios, los aplastaba con las más tremendas invectivas. De pie al lado de la mesa, con una mano encima del libro, para no perder la página, el brazo derecho levantado por encima de su cabeza, Traddles representaba alternativamente a míster Pitt, a mister Fox, a mister Sheridan, a mister Burke, a lord Castlereadh, al vizconde Sidmouth, o a míster Canning, y entregándose a la cólera más violenta acusaba a mi tía y a mister Dick de inmoralidad y de corrupción. Yo, sentado cerca, con mi cuaderno de notas en la mano, hacía volar mi pluma, queriendo seguirle en su declamación. La inconstancia y la ligereza de Traddles no podrían ser sobrepasadas por ningún político del mundo. En ocho días había abrazado todas las ideas y había enarbolado veinte banderas. Mi tía, inmóvil como un canciller del Exchequer, lanzaba a veces una interrupción: «Muy bien» o «No» a «¡Oh!» cuando el texto parecía exigirlo, y míster Dick (verdadero ejemplo del gentilhombre campesino) le servía inmediatamente de eco. Pero míster Dick fue acusado durante su carrera parlamentaria de cosas tan odiosas y le predijeron para el porvenir consecuencias tan terribles, que terminó por asustarse. Yo creo que hasta acabó por persuadirse de que efectivamente había hecho algo que debía acarrear la ruina de la Constitución de la Gran Bretaña y la decadencia inevitable del país.
Muy a menudo continuábamos nuestros debates hasta que el reloj daba las doce y las velas se habían quemado hasta el final. El resultado de tanto trabajo fue que terminé por seguir bastante bien a Traddles. No faltaba más que una cosa a mi triunfo, y era saber leer después lo que ponía en mis notas; pero no tenía ni la menor idea. Una vez escritas, lejos de poder restablecer el sentido, era como si hubiera copiado inscripciones chinas de las cajas de té o las letras de oro que se pueden leer en los enormes frascos rojos de las farmacias.
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