David Copperfield (Charles Dickens) - pág.408
Indice General
|
Volver
Página 408 de 653
Todavía pensaba en ello cuando le dije adiós, y me dijo con su aire mimoso, como podía habérselo dicho, según me pareció, a su muñeca.
-¡Malo! No te levantes a las cinco; eso no tiene sentido común.
-Tengo que trabajar, querida.
-Pues no trabajes; ¿para qué?
Era imposible decir de otra manera queriendo a aquel lindo rostro, sorprendido, que había que trabajar para vivir.
-¡Oh, qué ridiculez! -exclamó Dora.
-¿Y cómo viviremos si no, Dora?
-¡Cómo! ¡No importa cómo! -dijo Dora.
Estaba convencida de que había solucionado la cuestión y me dio un beso de triunfo, que brotaba tan espontáneamente de su corazón inocente, que por todo el oro del mundo no hubiera querido discutirle la respuesta, pues la amaba y continuaba amándola con toda mi alma, con todas mis fuerzas.
Pero al mismo tiempo que trabajaba mucho, que batía el hierro mientras estaba caliente, aquello no me impedía que a veces, por la noche, cuando me encontraba frente a mi tía reflexionando en el susto que había dado a Dora, me preguntase qué haría para pasar a través del bosque de las dificultades con una guitarra en la mano; y a fuerza de pensar en ello me parecía que mis cabellos se volvían blancos.
CAPÍTULO XVIII
DISOLUCIÓN DE SOCIEDAD
Me apresaré a poner inmediatamente en ejecución el plan que había formado relativo a los debates parlamentarios. Era uno de los hierros de mi forja que había que golpear mientras estuviera caliente, y me puse a ello con una perseverancia que me atrevo a admirar. Compré un célebre tratado sobre el arte de la taquigrafía (que me costó diez chelines) y me sumergí en un océano de dificultades, y al cabo de algunas semanas casi me habían vuelto loco todos los cambios que podia tener uno de esos acentos que colocados de una manera significaban una cosa y otra en tal otra posición; los caprichos maravillosos figurados por círculos indescifrables; las consecuencias enormes de un signo tan grande como una pata de mosca; los terribles efectos de una curva mal colocada, y no me preocupaban únicamente durante mis horas de estudio: me perseguían hasta durante mis horas de sueño. Cuando por fin llegué a orientarme más o menos a tientas, en medio de aquel laberinto y a dominar casi el alfabeto, que por sí solo era todo un templo de jeroglíficos egipcios, fui asaltado por una procesión de nuevos horrores, llamados signos arbitrarios. Nunca he visto signos tan despóticos; por ejemplo, querían absolutamente que una línea más fina que una tela de araña significara espera, y que una especie de candil romano se tradujera por perjudicial. A medida que conseguía meterme en la cabeza todo aquello me daba cuenta de que se me había olvidado el principio. Lo volvía a aprender, y entonces olvidaba lo demás. Si trataba de recordarlo, era alguna otra parte del sistema la que se me escapaba.
En una palabra, era desolador; es decir, me habría parecido desolador si no hubiera sido por el recuerdo de Dora, que me animaba.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
401
402
403
404
405
406
407
408
409
410
411
412
413
414
415
416
417
418
419
420
421
422
423
424
425
426
427
428
429
430
431
432
433
434
435
436
437
438
439
440
441
442
443
444
445
446
447
448
449
450
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|