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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.407

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Le desarrollé entonces el plan que había tratado de hacer comprender con tan poco éxito a Dora. Miss Mills me contestó, según sus principios generales, que la cabaña de la alegría valía más que el palacio del frío esplendor, y que donde había amor lo había todo.
Yo dije a miss Mills que era verdad y que nadie lo sabía mejor que yo, que amaba a Dora como ningún mortal había amado antes que yo. Pero ante la melancólica observación de miss Mills de que sería dichoso para algunos corazones el no haber amado tanto como yo, le dije que mi observación se refería al sexo masculino únicamente.
Después le pregunté a miss Mills si, en efecto, no tendría alguna ventaja práctica la proposición que había querido hacer respecto a las cuentas, al cuidado de la casa y a los libros de cocina.
Después de un momento de reflexión, he aquí lo que miss Mills me contestó:
-Míster Copperfield, quiero ser franca con usted. Los sufrimientos y las pruebas morales suplen a los años en ciertas naturalezas, y voy a hablarle tan francamente como una madre abadesa. No; su proposición no le conviene a nuestra Dora. Nuestra querida Dora es la niña mimada de la Naturaleza. Es una criatura de luz, de alegría y de felicidad. No le puedo ocultar que si eso pudiera ser estaría muy bien, sin duda; pero...
Miss Mills movió la cabeza.
Aquella muda concesión de miss Mills me animó a preguntárle si en el caso de que se presentara la ocasión de atraer la atención de Dora hacia las condiciones de ese género necesarias a la vida práctica si tendría la bondad de aprovecharlas. Miss Mills consintió con tan buena voluntad, que le pedí también si no querría encargarse del libro de cocina y hacerme el inmenso favor de entregárselo a Dora sin asustarla demasiado. Miss Mills se encargó de la tarea pero se veía que no esperaba gran cosa.
Dora reapareció. Estaba tan seductora, que me pregunté si verdaderamente había derecho de ocuparse en detalles tan vulgares. Y además, me amaba tanto, estaba tan encantadora, sobre todo cuando hacía a Jip tenerse en dos patas para pedirle su tostada y ella hacía como que le iba a quemar la nariz con la tetera porque se negaba a obedecerla, que terminé considerándome como un monstruo que hubiera venido a asustar al hada en su bosque, cuando pensaba en cómo le había hecho sufrir y en las lágrimas que había derramado.
Después del té Dora cogió la guitarra y cantó sus canciones francesas sobre la imposibilidad absoluta de dejar de bailar, tralalá, tralalalá, y pensé más que nunca que era un monstruo.
Sólo hubo una nube en nuestra alegría: un momento antes de retirarme miss Mills aludió por casualidad al día siguiente por la mañana, y yo tuve la desgracia de decir que tenía que trabajar y que me levantaba a las cinco. No sé si Dora pensó que era sereno en algún establecimiento particular; pero aquella noticia causó una gran impresión en su espíritu, y dejó de tocar y de cantar.


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