David Copperfield (Charles Dickens) - pág.406
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..; las cuentas, por ejemplo...
Mi pobre Dora acogió aquella idea con un grito que parecía un sollozo.
-... Eso llegará un día en que te será muy útil. Y si me prometieras leer... un librito de cocina que yo te mande, sería una cosa bonísima para ti y para mí. Pues nuestro camino en la vida va a ser duro en el primer momento, Dora -le dije, animándome-, y a nosotros toca el mejorarlo. Tenemos que luchar para conseguirlo, y necesitamos valor. Tenemos muchos obstáculos que afrontar y hay que afrontarlos sin temor, aplastarlos bajo nuestros pies.
Seguí hablando con el puño cerrado y con resolución; pero era inútil llegar más lejos; había dicho bastante, y había conseguido... volver a asustarla.
-¡Oh! ¿Dónde está Julia Mills? Llévame con Julia Mills, y vete; ¡haz el favor!
En una palabra, estaba medio loco y recorría el salón en todas las direcciones.
Aquella vez creí que la había matado. Le eché agua por la cara. Caí de rodillas, me arranqué los pelos, me acusaba de ser un animal, un bruto sin conciencia y sin piedad. Le pedí perdón. Le suplicaba que abriera los ojos. Destrocé la caja de labor de miss Mills para encontrar un frasco de sales, y, en mi desesperación, tomé el alfiletero de marfil creyendo que era, y vertí todas las agujas en la cara de Dora. Amenacé con el puño a Jip, que estaba tan desesperado como yo, y me entregué a todas las extravagancias imaginables. Hacía mucho tiempo que había perdido la cabeza cuando miss Mills entró en la habitación.
-¿Qué ocurre? ¿Qué te han hecho? -exclamó miss Mills acudiendo en. socorro de su amiga.
Yo contesté: «Yo tengo la culpa, miss Mills; yo soy el criminal, y una multitud de cosas del mismo estilo. Después, volviendo la cabeza para librarla de la luz, la oculté contra los almohadones del diván.
Miss Mills creyó al principio que era una pelea y que nos habíamos perdido en el desierto de Sahara; pero no estuvo mucho tiempo en la incertidumbre, pues mi pequeña y querida Dora exclamó, abrazándola, que yo era un pobre obrero; después se echó a llorar por mí, preguntándome si quería aceptarle todo el dinero que tenía ahorrado, y terminó por echarse en brazos de miss Mills sollozando, como si su corazoncito fuera a romperse.
Felizmente, miss Mills parecía haber nacido para ser nuestra bendición. Se enteró en pocas palabras de la situación, consoló a Dora, la convenció poco a poco de que yo no era un obrero. Por la manera de contar las cosas creo que Dora había supuesto que me había hecho marinero y que me pasaba el día balanceándome sobre una plancha. Miss Mills, mejor enterada, terminó por restablecer la paz entre nosotros. Cuando todo volvió a estar en orden, Dora subió a lavarse los ojos con agua de rosas y miss Mills pidió el té. Entre tanto, yo declaré a aquella señorita que siempre sería su amigo y que mi corazón cesaría de latir antes que olvidar su simpatía.
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