David Copperfield (Charles Dickens) - pág.405
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-¿Tu corazón es siempre mío, Dora, querida mía? -le dije con entusiasmo, sabiendo que me pertenecía, pues se estrechaba contra mí.
-¡Oh, sí, completamente tuyo; pero no seas tan terrible!
-¿Yo terrible, pobre Dora?
-No me hables de volverme pobre y de trabajar como un negro -me dijo abrazándome-; te lo ruego, te lo ruego.
-Amor mío -le dije-, una miga de pan... ganada con el sudor...
-Sí, sí; pero no quiero oír hablar de migas de pan. .Jip necesita todos los días su chuleta de cordero a mediodía; si no se morirá.
Yo estaba seducido por su encanto infantil, y le expliqué tiernamente que Jip tendría su chuleta de cordero con toda la regularidad acostumbrada. Le describí nuestra vida modesta, independiente, gracias a mi trabajo; le hablé de la casita que había visto en Highgate, con la habitación en el primer piso para mi tía.
-¿Soy todavía muy terrible, Dora? -le dije con ternura.
-¡Oh, no, no! -exclamó Dora- Pero espero que tu tía esté mucho tiempo en su habitación, y además que no sea una vieja gruñona.
Si me hubiera sido posible amar a Dora más, lo hubiera hecho entonces. Sin embargo, me daba cuenta de que no servía para mucho en el caso actual. Mi nuevo ardor se enfriaba viendo que era tan difícil comunicárselo. Hice un nuevo esfuerzo. Cuando se hubo repuesto por completo y cogió a Jip sobre sus rodillas para arrollar sus orejas alrededor de sus dedos, yo recobré mi gravedad.
-Querida mía, ¿puedo decirte una palabra?
-¡Oh!, te lo ruego, no hablemos de la vida práctica -me dijo en tono suave-; ¡si supieras el miedo que me da!
-Pero, vida mía, no hay nada que pueda asustarte en todo esto. Yo querría hacerte ver las cosas de otro modo. Por el contrario, querría que esto te inspirase valor.
-¡Es precisamente lo que me asusta! -exclamó Dora.
-No, querida mía; con perseverancia y fuerza de voluntad se soportan cosas mucho peores.
-Pero yo no tengo ninguna fuerza -dijo Dora sacudiendo sus bucles-. ¿No es verdad, Jip? ¡Vamos, besa a Jip y sé cariñoso!
Era imposible negarme a besar a Jip cuando me lo tendía expresamente, redondeando ella también para besarle su boquita rosa, dirigiendo la operación, que debía cumplirse, con una precision matemática, en medio de la nariz del animalito. Hice lo que quería, y después reclamé la recompensa por mi obediencia; y Dora consiguió durante bastante tiempo hacer que fracasara mi gravedad.
-Pero, Dora, amor mío -le dije recobrando mi solemnidad-, ¡todavía tengo algo que decirte!
Hasta el juez del Tribunal de Prerrogativas se hubiera enamorado al verla juntar sus manitas y tendérmelas suplicante para que no la asustara.
-Pero si no quiero asustarte, amor mío -repetía yo-; únicamente, Dora, querida mía, si quisieras pensar sin temor, si quisieras pensar alguna vez, para darte valor, en que eres la novia de un hombre pobre.
-No, no; te lo ruego; ¡es demasiado terrible!
-Nada de eso, chiquilla -le dije alegremente-; si quisieras nada más pensarlo alguna vez y ocuparte de vez en cuando de las cosas de la casa de tu papá, para tratar de acostumbrarte.
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