David Copperfield (Charles Dickens) - pág.403
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Miss Betsey encontrab tal satisfacción en asustarla, que yo creo que se divertía su biendo y bajando expresamente la escalera con el sombrer plantado con descaro en lo alto de la cabeza, siempre que tenía esperanzas de encontrar a mistress Crupp en su camino.
Mi tía, con sus costumbre de orden y su espíritu inven tivo, introdujo tantas mejoras en nuestros arreglos interiores que se hubiera dicho que habíamos heredado en lugar d arruinamos. Entre otras cosas convirtió la despensa en u tocador para mi uso, y me compró una cama de madera que se convertía en biblioteca durante el día. Era el objeto de s solicitud, y mi pobre madre misma no me hubiera podid querer más ni preocuparse más por hacerme dichoso.
Peggotty había considerado como un gran favor el privilegio de participar en todos aquellos trabajos, y aunque conservaba hacia mi tía algo de su antiguo terror, había recibid de ella últimamente tantas pruebas de confianza y estima ción, que eran las mejores amigas del mundo. Pero había lle gado el momento (hablo del sábado, en que yo tenía que tomar el té en casa de miss Mills) en que tenía que volver su casa para cuidar de Ham.
-Adiós, Barkis -dijo mi tía-. Cuídese mucho. Nunc hubiera creído que pudiera sentir tanto verla marchar.
Acompañé a Peggotty a las oficinas de la diligencia y dejé en el coche. Lloraba al despedirse y confió a su hermano a mi amistad, como había hecho Ham. No habíamos vuelto a oír hablar de él desde la tarde que se marchó.
-Y ahora, mi querido Davy -dijo Peggotty-, si durante tu aprendizaje necesitas dinero para tus gastos, o si el plazo expira, querido niño, y necesitas algo para establecerte, en uno a otro caso, o en los dos, ¿quién tendría más derecho para prestártelo que la vieja niñera de mi pobre niña?
No estaba poseído por una pasión de independencia tan salvaje que no quisiera al menos agradecer sus ofrecimientos generosos, asegurándole que si pedía alguna vez dinero a alguien sería a ella a quien me dirigiría, y creo que, de no haberle pedido en el momento una gran suma, aquella seguridad era lo que más podía complacerla.
-Y además, querido -dijo Peggotty bajito-, dile a tu lindo angelito que me hubiera gustado conocerla aunque sólo hubiera sido un minuto; dile también que antes de casarse con mi niño vendré a arreglaros la casa, si me lo permitís.
Le prometí que nadie la tocaría más que ella, y quedó tan encantada, que se marchó radiante.
Me cansé aquel día en el Tribunal más que de costumbre por una multitud de procedimientos para que se me hiciera el tiempo menos largo, y por la tarde, a la hora fijada, fui a la calle en que vivía miss Mills. Míster Mills era un hombre terrible para dormir siempre después de comer y no había salido todavía. La jaula no estaba en la ventana.
Me hizo esperar tanto tiempo, que empecé a desear, a modo de consuelo, que los jugadores de whist que hacían la partida le pusieran multa para enseñarle a no retrasarse.
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