David Copperfield (Charles Dickens) - pág.393
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Me aburre.
-¿Hay alguna noticia hoy? -preguntó el doctor.
-Nada -repuso Maldon-. Algunas historias de gentes que se mueren de hambre en Escocia y están descontentos. Pero siempre hay personas que se mueren de hambre y no están contentas.
El doctor le dijo con gravedad, para cambiar la conversación:
-¿Entonces no hay ninguna noticia? Pues bien. No hacer noticias es haberlas buenas, como se dice.
-En los periódicos hay una historia muy larga a propósito de un crimen; pero todos los días hay asesinatos; no lo he leído.
En aquel tiempo todavía no se miraba la indiferencia afectada por todo lo de la humanidad como una gran prueba de elegancia, como se ha hecho más tarde. Después he visto esas máximas muy de moda, y se las he visto practicar con tal éxito a muchos caballeros y señoras que, dado el interés que se tomaban por el género humano, más les valía hater nacido ranas. Quizá la impresión que me causó entonces Maldon no fue tan viva porque era nueva; pero sé que aquello no contribuía a realzarle en mi estimación ni en mi confianza.
-Venía a saber si Annie quería ir esta noche a la ópera -dijo Maldon volviéndose hacia eila-. Es la última representación de la temporada que merezca la pena y hay una cantante que no puede dejar de oír. Es una mujer que canta de una manera arrebatadora, sin contar con que es de una fealdad deliciosa.
Después de esto recayó en su languidez.
El doctor, siempre encantado de lo que pudiera gustar a su mujer, se volvió hacia ella y le dijo:
-Debes ir, Annie; debes ir.
-No, te lo ruego -contestó-; prefiero quedarme en casa; prefiero quedarme en casa.
Y sin mirar a su primo me dirigió la palabra pidiéndome noticias de Agnes, preguntándome si no vendría a verla; si no sería probable que fuera aquel mismo día, y tan molesta que yo me preguntaba cómo podría ser que el doctor, ocupado en aquel momento en untar manteca a su pan tostado, no viera una cosa que saltaba a la vista.
Pero no veía nada. Le dijo riendo que era joven y que debía divertirse, en lugar de aburrise con un vejestorio como él. Además, le dijo que contaba con que ella le cantara después el repertorio de la nueva cantante y ¿cómo se las arreglaría si no había ido a oírla? El doctor insistió en arreglar la velada para que ella se divirtiera, y Jack Maldon quedó en volver a Highgate. Después de decidirlo él se volvió a su sinecura, supongo; pero se fue a caballo y sin apresurarse.
Al día siguiente tenía mucha curiosidad por saber si había ido a la ópera. No había ido; había enviado recado a Londres para disculparse con su primo, y había ido a visitar a Agnes. Había convencido al doctor de que la acompañara, y habían vuelto a pie por el campo, según me contó él mismo, en una tarde magnífica. Pensé que quizá no hubiera faltado al espectáculo si Agnes no hubiera estado en Londres, pues Agnes era muy capaz de ejercer también sobre ella una influencia bienhechora.
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