Casamiento engañoso (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.12
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.., etc.
-Ninguna pena me dio esa falta -respondió el alférez-, pues también podré decir: ´´Pensóse don Simueque que me engañaba con su hija la tuerta, y por el Dío, contrecho soy de un lado´´.
-No sé a qué propósito puede vuesa merced decir eso -respondió Peralta.
-El propósito es -respondió el alférez- de que toda aquella balumba y aparato de cadenas, cintillos y brincos podía valer hasta diez o doce escudos.
-Eso no es posible -replicó el licenciado-; porque la que el señor alférez traía al cuello mostraba pesar más de docientos ducados.
-Así fuera -respondió el alférez- si la verdad respondiera al parecer; pero como no es todo oro lo que reluce, las cadenas, cintillos, joyas y brincos, con sólo ser de alquimia se contentaron; pero estaban tan bien hechas, que sólo el toque o el fuego podía descubrir su malicia.
-Desa manera -dijo el licenciado-, entre vuesa merced y la señora doña Estefania, pata es la traviesa.
-Y tan pata -respondió el alférez-, que podemos volver a barajar; pero el daño está, señor licenciado, en que ella se podrá deshacer de mis cadenas y yo no de la falsía de su término; y en efeto, mal que me pese, es prenda mía.
-Dad gracias a Dios, señor Campuzano -dijo Peralta-, que fue prenda con pies, y que se os ha ido, y que no estáis obligado a buscarla.
-Así es -respondió el alférez-; pero, con todo eso, sin que la busque, la hallo siempre en la imaginación, y, adondequiera que estoy, tengo mi afrenta presente.
-No sé qué responderos -dijo Peralta-, si no es traeros a la memoria dos versos de Petrarca, que dicen:
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