Misas herejes (Evaristo Carriego) - pág.49
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Nunca nadie sabrá de la mano
que pusiese en tus ojos la venda,
con la cual has caído tan hondo
que aquellos que quieren mirarte se ciegan.
En tu anónimo abismo te agitas
sin desear un regreso, en la inquieta
sensación del inmenso desplome
que arrastra consigo tus dudas tremendas.
Sin embargo, quizás te azotaran,
en la calma de tu indiferencia,
-flageladas visiones de ensueño-
posibles terrores de locas tormentas.
En el fondo temible de tu alma
anda suelto un espanto de fiera:
¡que curioso sería asomarse
a ver si ella tiene también sus violencias!
...¿No los ves? ¡Cómo asustan sus ojos,
sus inmóviles ojos que velan
en las noches infaustas, propicias
al hórrido asedio clavado allí, afuera,
cuando el Miedo desata sus hordas
y las llagas del Crimen revientan,
si, con ruda caricia indeleble,
las toca una mano brutal que no tiembla.
¡Y tú sigues lo mismo! Diría
que en tus sueños mejores tuvieras
pesadillas de murrias de plomo,
letales desganos de fiebres ya viejas...
Sin querer en tu ruta inquietante
presentir, ni un momento siquiera,
la amenaza mortal de un perenne
furor sigiloso de fauces que acechan...
...No te rías... Ya vuelven de nuevo
a rondar al amor de la niebla;
las famélicas bocas enormes
parece que llaman, imploran y esperan.
Cubren toda la calle; bravíos,
van marcando en la nieve sus huellas,
como estigmas de atroces presagios,
y, sórdidamente cansados, jadean.
¿Quién los trae? No sé.
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