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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.385

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-¿Por qué no me había de gustar, mi querida Agnes?
-Es que el doctor Strong -repuso Agnes por fin- ha puesto por obra su proyecto de retirarse y ha venido a establecerse a Londres, y sé que le ha dicho a papá si no podría proporcionarle un secretario. ¿No te parece que más le gustará tener a su lado a su antiguo discípulo mejor que a otro cualquiera?
-Querida Agnes -exclamé-, ¿qué sería de mí sin ti? Eres siempre mi ángel bueno; ya te lo he dicho: siempre pienso en ti como en mi ángel bueno.
Agnes me respondió alegremente que con un ángel bueno (se refería a Dora) tenía bastante, y que no hacían falta más; me recordó que el doctor tenía costumbre de trabajar muy temprano por la mañana y por la noche, y que probablemente las horas de que yo podía disponer le convendrían maravillosamente.
Si me consideraba dichoso al pensar que iba a ganarme la vida, no lo estaba menos ante la idea de que trabajaría con mi antiguo maestro; y siguiendo al momento el consejo de Agnes me senté para escribir al doctor una carta en la que le expresaba mi deseo, pídiéndole permiso para presentarme en su casa al día siguiente a las diez de la mañana. Dirigí mi epístola a Highgate, pues vivía en aquellos lugares tan llenos de recuerdos para mí, y yo mismo fui a echarla al correo sin perder ni un minuto.
Por todas partes donde pasaba Agnes dejaba tras de sí alguna huella preciosa del bien que hacía sin ruido al pasar. Cuando volví, la jaula de los pájaros de mi tía estaba suspendida exactamente, como si llevara allí mucho tiempo, en la ventana del gabinete; mi sillón puesto, como el infinitamente mejor de mi tía, al lado de la ventana abierta, y el biombo verde que había traído consigo estaba ya colocado delante de la ventana. No tenía necesidad de preguntar quién había hecho todo aquello. Sólo con ver que las cosas parecían haberse hecho solas se adivinaba que Agnes se había tomado aquel cuidado. ¿A qué otra se le hubiera ocurrido coger mis libros, en desorden por encima de la mesa, y disponerlos en el orden que yo los tenía antes en el tiempo de mis estudios? Aunque hubiera creído que Agnes estaba a cien leguas la hubiera reconocido enseguida; no necesitaba verla poniéndolo todo en su sitio y sonriendo del desorden que había en mi casa.
Mi tía puso toda su buena voluntad en hablar bien del Támesis, que verdaderamente hacía un efecto hermoso a la luz del sol, aunque no pudiera compararse con el mar que veía en Dover; pero conservaba un odio inexorable al humo de Londres, que lo empolvaba todo, decía. Felizmente, esto cambió por completo gracias al cuidado minucioso con que Peggotty hacía la guerra a aquel hollín maldito en todos los rincones. Únicamente no podía por menos de pensar, mirándola, que Peggotty misma hacía mucho ruido y poco trabajo en comparación con Agnes, que hacía tantas cosas sin el menor aparato.


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